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Miércoles , 20.03.2019 / 18:26 Hoy

Crónicas urbanas

Tatuajes contra la discriminación

Humberto Ríos Navarrete

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Desde los 13 años empezó a tatuarse con imágenes que copiaba de sus amigos, acá por el Arenal, y al paso del tiempo Iván Rodríguez Muñoz, quien frisa los 40, las sustituyó por otras que reflejaran sus raíces, hasta cubrirse el cuerpo, incluso cráneo y cejas, pero en el camino topó con cierta exclusión, sin que esto lo achicopalara, sino al contrario, pues “los tatuajes no hacen los trabajos por ti”, dice, y entonces braceó contra viento y marea, hasta que hace 12 años consiguió un trabajo formal como instructor de natación. Se había ocupado como albañil, cargador, ayudante de mecánico y otros oficios.

De caminar despacio y hablar lento, Rodríguez transita por calles del rumbo hacia el trabajo mientras deja entrever tatuajes de figuras prehispánicas que serpentean en su cuerpo, en especial los músculos labrados en instalaciones oficiales de su colonia, en la delegación Venustiano Carranza, donde imparte clase de natación a muchachos que acatan con disciplina las rutinas. De niño pensaba en ser Presidente de la República, médico o biólogo marino, pero las penurias en el seno familiar se lo impidieron. Después, ya en su juventud, se propuso una meta y logró alcanzarla.

En una época se juntó con amigos de la esquina, probó drogas y cometió algunas infracciones que pagó conforme a la ley. Les llamaban Los de la Murillo o Los cagones júnior; un día se propuso modificar su vida, porque “el cambio es para crecer, para ser mejor persona, no la de siempre, y la gente sabe de lo que hablo”, dice con voz acompasada, sin jactancia, con un gesto tímido, para luego reflexionar: “Uno solo modifica su forma de vivir; yo soy afortunado porque vivo dos vidas en una: la pasada y la presente”.

—¿No piensas retornar?

—No —sonríe—, yo no cambiaría un día de mi vida pasada por lo que vivo ahora. Me reintegré conmigo mismo para poder reintegrarme a la sociedad. Estudié parte de la prepa abierta.

—¿Entonces no hay retorno?

—No, porque quiero dejar un buen legado a mi semilla para que florezca —se refiere a su hija de 10 años que cursa la primaria— y dé buenos frutos; quiero romper con ese tabú porque sí se puede.

Lo más curioso del caso, comenta, es que él no fue pandillero, pero se juntaba con ellos en la esquina, donde fue involucrado. Por eso su padre le decía: “Tú tienes que estudiar, tienes que ser alguien en la vida”.

Tenía 27 años.

Su padre, administrador en el Velódromo Olímpico, lo invitó a practicar natación, y entonces tuvo que vencer su miedo al agua.

Y allí renació.

—Vivía con mi esposa en la unidad habitacional Fiviport —dice—, primera sección de la colonia Arenal.

—¿Eres de aquí?

—Sí, del mero barrio; nací en mi casa —agrega orgulloso—, no en un hospital, el 14 de mayo de 1977.

Ése es Iván Rodríguez Muñoz, instructor de natación, quien trabaja como tal poco más de seis horas diarias, desde muy temprano, incluidos sábados y domingos; el resto del tiempo hace tatuajes.

Y ahora añade otra tarea.

***

Entró a la adolescencia y comenzó a tatuarse. Primero lo hizo por mera imitación; después, por que tenía “algún significado”.

—¿Por qué?

—Tenía que ser que algo representara no solo mi cultura, mi país, sino también a mi familia, mi vida que había vivido. Por eso me inicié en el tatuaje.

—Y cuál fue tu vida.

—En un principio, como todo, tenía ilusiones de ser alguien en la vida, y cuando empiezo a truncar la escuela, que me salí por la falta de dinero, de trabajo de mis padres, todo eso, pues tuve que trabajar de todo un poco.

—¿Y qué fue tu primer tatuaje?

—Fue un punk y una anarquía. Tenía 13 años. Me gustaba mucho la música punk.

—¿Y tu segundo tatuaje?

—Creo que eran puras calaveras. Ahora ya no tengo ninguno de los primeros tatuajes que me hice. Al principio fueron por imitación.

—¿Y por cuáles los sustituyes?

—Por el que traigo aquí en el pecho —se alza la playera y asoma la Diosa de la Luna—, que es la Coyolxauhqui, y con los yelmos de aquí, de los brazos; porque amé más mi cultura cuando empecé a enterarme, a leer, y no quería que se olvidara, ya que de generación tras generación se olvida y se pierde.

Quería traer en la piel lo que él llama “las raíces de donde vengo; porque algunos se expresan tal vez llorando, riendo, cantando, y para mí fue éste, mi pasado, la mejor manera de expresarme”.

En las cejas trae sus apellidos.

—¿Y en la cabeza?

—A Mictlanteuctli, a Quetzalcóatl, un ocelote con un tocado de plumas, atrás el escudo de la bandera.

—¿Qué otros tatuajes tienes?

—Pues traigo aquí algunos demonios y calaveras que representan el fin de la Humanidad; luego, el signo de la radiación y los demonios del Apocalipsis: terminamos siendo puras calaveras, puras muertes.

—¿Qué te decían cuando empiezas a tatuarte?

—En el hogar, al principio, mi papá me decía que iba a ser difícil encontrar un trabajo. Claro que sí he tenido problemas. Hay mucha discriminación. Un día fui a pedir trabajo a una alberca de Polanco y no querían aceptarme porque se me veía un tatuaje que traigo acá atrás, en el cuello. Fue hace siete años. Y yo dije dentro de mí: “Entonces la ley no te protege”. Porque los tatuajes no hacen el trabajo por ti.

—Y te diste cuenta que el tatuaje es una obstrucción.

—Bueno, depende de cada persona; para mí no ha sido una obstrucción porque siempre he tratado de superarme día con día.

—¿Pero en general sí hay prejuicio contra la gente tatuada?

—Claro que sí hay un prejuicio, porque piensan que uno es un vicioso, un ratero, que no es una gente de provecho.

Por eso emprenderá una campaña.

***

Iván Rodríguez Muñoz siempre ha defendido la idea de que los tatuajes se deben hacer con un propósito específico, pero ha topado a imitadores, como él en un principio, que andan a la deriva, pues identifican los grabados en la piel con gente sin oficio ni beneficio. Eso le preocupa.

Por eso con su hermano iniciarán una campaña cuyo propósito es “motivar a las personas que tienen tatuajes o son discriminados, más que nada, que sí se puede, que sí podemos seguir adelante con nuestras vidas, laborando en cualquier lugar, en cualquier puesto...”

—¿Piensan llegar lejos?

—Sí, queremos llegar a ser como una masa, que podamos llegar, no a reclutar, sino unirnos en ese sentido. Demostrar que sí podemos, no solamente en lo laboral, sino en todos los sentidos y aspectos de la vida.

—Eres un deportista.

—Exactamente... —dice y sonríe.

—¿Y te creen de inmediato o dudan?

—No —sonríe—, dudan mucho; de hecho, cuando luego salgo a la calle y alguno de mis alumnos me llega a ver y me saluda: “¿Hola, maestro, cómo está?”, mis amigos me dicen: “Ay, a poco eres maestro”. No creen que pueda ser instructor de natación.

—Y a seguir de frente.

—Sí, siempre de frente, unidos; no agachar nunca la cabeza, de saber que siempre hay algo que nos va a ser valer como personas. Porque los tatuajes no hace el trabajo por ti; solo son parte de ti.

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