Cultura

Solar, tejedor de máscaras

Un día de hace poco más de cincuenta años, el adolescente abordó un camión en su pueblo natal, acompañado de un primo hermano, también menor de edad, hacia la capital, Guadalajara, Jalisco, y lo primero que hicieron fue asistir a una función de lucha libre.

Después de terminar se dirigieron a las oficinas de la arena Coliseo y preguntaron cómo podían hacer para presentarse al día siguiente en el cuadrilátero y hacer lo mismo que hacían aquellos sujetos que lanzaban patadas voladoras y maromas, liados como iguanas, pero les dijeron que para eso se necesita entrenamiento y disciplina.

En su lugar de origen no había televisores, como para ver luchas libres y así tener una idea de lo que sería su vocación; por eso siempre recordaría que su gusto por ese deporte fue resultado de un amor a primera vista, y más aún: el primer luchador que llamó su atención fue El Solitario. Entonces una frase cruzó por su mente: “Yo voy ser como él”.

Entre los demás luchadores que también vio por primera vez estaban El Rayo de Jalisco, su paisano, y El Ángel Blanco. Pero fue El Solitario quien más llamó su atención esa noche de gladiadores en “La Medrano”.

Y a partir de aquellos años aparecieron agradables sorpresas; una de estas fue cuando se reencontró con El Solitario en el emblemático gimnasio Baños Jordán, ubicado en la esquina del ahora Eje Central y Arcos de Belén, donde llegaban a entrenar boxeadores, como fue el Chango Casanova, Ratón Macías y el Púas Olivares, por citar a tres destacados.

El afecto entre El Solitario y aquel muchacho, ya conocido como Solar, los llevó a vivir juntos varios meses en la capital del país, no muy lejos de la Arena México, en la colonia Doctores.

Atrás habían quedado los recuerdos de cuando Solar comenzó a luchar en la Arena Coliseo de Guadalajara, Jalisco, en la calle Federico Medrano, donde tuvo como entrenador a Cuauhtémoc Velasco Vargas, El Diablo Velasco, un luchador profesional que fue maestro del Perro Aguayo, Gori Guerrero y Mil Máscaras, entre otros que ya ocupan un lugar destacado en la historia de la lucha libre mexicana.


Con el paso del tiempo algunos luchadores, en activo y jubilados, han puesto negocios, pero no todos han sido afortunados, pues algunos dueños los transfirieron o quebraron; no es el caso de Solar, que no solo resiste la pandemia, sino que su tienda, ubicada en la calle Luis Moya, tiene un valor agregado: también vende máscaras intervenidas por él mismo.



Las máscaras decoradas por Solar, bien podrían estar en una sala de exhibición exclusiva; por ahora están en su casa y su negocio, donde reúne a colegas, hombres y mujeres, para que repartan autógrafos a los fanáticos.

—Sería buena idea— dice un Solar pensativo, en referencia a exhibir sus máscaras especiales, mientras delimita el espacio de la sana distancia y explica sobre el tipo de material y la técnica que usa para intervenirlas.



***

Algunos de los luchadores contemporáneos de Solar son El Satánico, Los hermanos Dinamita, Máscara Año 2000, Cien Caras, El Negro Navarro, Blue Panther y Atlantis, entre otros de su época, algunos ya desparecidos.


El gladiador jalisciense, con más de 45 años de practicar este deporte, también ha luchado en cuadriláteros extranjeros.


“Gracias a Dios —añade Solar—, gracias a la lucha libre, gracias al público, he ido más de cincuenta veces a Japón, donde hay un público muy conocedor, le gusta apreciar la lucha. También en Estados Unidos la gente me tiene muy bien identificado, y en Panamá…”


Ha recorrido “casi” todo el mundo, añade y abre sus brazos musculosos. “Yo creo que el éxito siempre es dar lo mejor, que el público salga contento, y más que nada siempre estar preparándote”.


¿Los aplausos? “Bueno, yo pienso que la admiración y los aplausos quieren decir que uno está haciendo bien su trabajo, está gustando al público, y quiere decir que vale la pena, no el sacrificio, con preparación y sabes que a veces, sufriendo, puedes ganar en dos caídas”.


—¿Qué lo identifica en el en el cuadrilátero?

—Más que nada es la técnica, no una llave, porque tengo muchísimas llaves; cuando lucho, por ejemplo, hago muchas a ras de lona, y para aprender eso tienes que estar en el gimnasio, porque si dejas de practicarlo, luego subes al ring y ya no sabes ni qué hacer.

—¿Hasta qué edad se detiene que retirar el luchador?

—Depende como te sientas, como hayas estado en la vida, lo que hayas hecho. Yo creo que siempre recoges lo que cosechaste. Porque yo he visto jóvenes viejos y viejos jóvenes. Hay luchadores como el Santo, por ejemplo, que tenía cincuenta y tantos como luchador profesional y ahí andaba.

—¿Tenía ídolos de joven?

—Eso fue después, porque yo soy de un rancho y en ese rancho no había luz, no había televisión, no había nada; yo no sabía que existía la lucha libre; yo, la primera vez, cuando fui a la lucha, recuerdo que un primo me invitó a la Arena Coliseo; yo le dije a mi primo, oyes, yo quiero luchar; oyes, yo también, me dijo, y fuimos a pedir informes, a decir que nos programaran para el domingo, pero nos dijeron que no, que para ser luchador es como una carrera de tres a cuatro años, depende del empeño, y así fue.

—Y ahí conoció a El Solitario.

—Sí, y fue cuando me propuse ser como él.

—Y fue hasta su amigo.

—Sí, fíjate, y quién iba a pensar que con el tiempo, hasta estuve viviendo tres o cuatro años aquí cerca, en Vizcaínas, donde, por azares del destino, nos conocimos.

***



Siempre en el bando de los técnicos, Solar tiene ese pasatiempo que lo distingue de los demás: interviene máscaras. Y no lo hace para lucirlas en un combate, sino para ofrecerlas como piezas únicas, de colección, que adorna con lentejuelas y canutillo; y algunas las exhibe en su tienda, que periódicamente visitan sus amigos para convivir con admiradores.


Solar se mide una de las máscaras intervenidas. Es diferente a las demás. Para empezar, acota Solar, no se puede luchar con estas máscaras, “y le voy a decir por qué: porque con estas máscaras, como tiene lentejuelas, si me agarran en un candado, el otro se puede cortar”.

—¿Y la otra?

—La de cantillo. Yo, por ejemplo, le pongo canutillo rojo y verde, pero tampoco con esta se puede jugar, por qué, porque uno suda y hay que lavar las máscaras y se echa a perder.


—Son para lucirlas.

—Para tenerla en la vitrina.

—De colección para los admiradores.


—Exactamente. En Japón, por ejemplo, he vendido muchas máscaras de estas y los aficionados las tienen como adornos.

—Usted nada más las adorna.

—Sí, porque estas máscaras son hechas por Arón Canales, uno de los mejores mascareros, que las hace con una tela llamada Dublín; yo solo le pongo el canutillo o lentejuelas…


—¿Y cuánto tiempo se tarda?


—De mes y medio a dos meses; depende el tiempo que me lleve cosiendo: dos horas en la mañana y dos en la tarde, porque es irle metiendo a mano la lentejuela y el canutillo. Esta de lentejuelas que traigo, por ejemplo, tardó un poquito más, el doble, porque esta es lentejuela chica, y así sucesivamente.

—Y qué siente.

—Cuando empiezo a hacerlas, pues duro unas dos horas en meter un hilo; a veces te desesperas y dices: “Híjole, cuándo voy a acabar”, pero ya cuando voy por acá —señala parte de una máscara—, pues se va viendo el resultado y entonces la termino, la veo y digo: “¡Híjole, qué bien me quedó!”.


Humberto Ríos Navarrete


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