Nacía la década de los 50 cuando la familia Pérez Rojas resolvió dejar el barrio de Santa Rosa, en la ciudad de Puebla, rodeado de barberías, y migró a la capital del país para luego asentarse en la colonia Federal, donde el patriarca Rufino extendió su oficio de peluquero; pero en los 60 surgió la moda del pelo largo y florecieron las “estéticas”, de modo que disminuyó la clientela en las peluquerías.
Una década después, el joven José Luis, quien desde los 5 años recogía basura y limpiaba el cabello de los clientes donde laboraba su padre, se convertiría en un peluquero hecho y derecho, además de reparador de sillones, que años después lo situaría entre los más cotizados de la Ciudad de México.
Hijo de Rufino Pérez Sánchez, organizador del Primer Campeonato Nacional de Corte de Cabello a Navaja en 1967, José Luis frisaba los 10 años cuando recibía entre 10 y 20 centavos de propina como “chicharito”. Fue el único hijo que seguiría los pasos de su padre.
Estaban de moda los Beatles y otros grupos de melenas largas. Disminuía la clientela en peluquerías. Entonces surgieron los llamados salones de belleza y estéticas, donde reinaban las tijeras, el rizado de cabello y los tintes.
En algunos lugares quedaron arrumbados los sillones y otros eran reparados para peluquerías sobrevivientes, tarea de la que se encargaba José Luis, quien también vendía a coleccionistas. Lo sorprendente fue que más de 30 años después resurgirían las barberías. Esto benefició a quien ha vivido de este oficio.
Pero detrás de todo hay una historia, dice José Luis, y recuerda que había un señor de apellido Romero dedicado a la renta de sillones en la colonia Ex Hipódromo de Peralvillo. Romero, que cobraba un peso por sillón cada semana, le heredó el negocio a su hijo, pero éste se desentendió y los conservó en el estacionamiento de la casa.
Un día el heredero los contactó y vendió la mayoría de las reliquias. Ahí nació parte del oficio. En la evocación que hace es imprescindible mencionar otros nombres; el primero, Gabriel Roa, de Iztacalco, a quien recurrían cuando era imposible reparar un sillón. Él los visitaba y hacía los arreglos. Era un experto y un tipo generoso. De él aprendieron el oficio. Él los instruyó.
—¿Cómo era el señor Roa?
—Era un señor de mucha edad; incluso le costaba trabajo utilizar el desarmador; él decidió, por ser conocido y amigo de mi papá, enseñarnos parte del oficio, los secretos, de cómo reparar un hidráulico o un reclinado. Él decía: “Yo ya no voy a explotar esto y ustedes todavía están jóvenes”. También aprendimos de otro señor de nombre Carlos Díaz, quien hacía este tipo de trabajos. Trabajaba para Casa Barba, una distribuidora de productos y de sillones de la marca Colombia y Puebla, que venía de Cholula, Puebla, donde estaba la fábrica.
***
En la peluquería Irma, ubicada en la Calle 27, colonia Gómez Farías, José Luis Pérez Rojas tiene su taller, de cuyos muros cuelgan fotografías donde aparece su padre y otros peluqueros, entrevistados por Jacobo Zabludovsky; una más donde está Guillermo Ochoa, al que le cortaban el cabello, y otras imágenes con los entonces presidentes José López Portillo y Luis Echeverría.
Y ahí están algunos sillones, de diferentes épocas, y refacciones de otros más antiguos, que usará para reconstruir.
En los muros del viejo establecimiento cuelga la fotocopia de una “invitación a todos los estilistas de la peluquería para tomar parte del Primer Campeonato de Corte Esculpido a navaja y peinado para caballero, en el que se disputarán el trofeo Teotihuacan, 1967-1968”.
—¿Es un hospital de sillones?
—Prácticamente sí, señor, porque aquí todo tiene solución: a mí me mandan un sillón con diferentes fallas y con piezas rotas y yo los tengo que poner en condiciones de que estén trabajando nuevamente.
—¿Compra piezas o los rehace?
—No, señor, la historia es la siguiente: cuando los peluqueros vienen y me ofrecen sillones, hay quienes dicen: “Te vendo este que se rompió y ya no te lo vendo como un sillón, te lo vendo como refacción”. Entonces, de ahí voy obteniendo piezas.
—Y datan de qué año.
—Los sillones en los que estamos sentados, tienen entre 120, 130 años; vienen de Estados Unidos, son de la marca Koken, hechos en fábricas de San Luis Misuri; hay sillones Coach, de Chicago; igual los Emil J. Paidar; otros, los Hércules, de Cincinnati, Ohio. A excepción de los de aquí, de México, que solo tenemos dos, tres marcas: Colombia, Puebla y Diosas del Aire, pero ya no los volvieron a sacar.
—¿Y cuántos repara?
—Normalmente un promedio de dos o tres sillones por semana. ¿Y cuántos he arreglado de esos treinta y tantos años? Pues creo que más de mil 500.
—¿Han subido los precios?
—Antes los compraban en 500 pesos; por lógica, un sillón reparado, lo daba en 4 mil, 4 mil 500. Ese era el precio, más o menos, porque lo compraba barato. En la actualidad tiene un precio, usado, inservible, de 15, 14, 16 mil pesos.
—Y usted los repara.
—Sí, y se dan en 25 mil, en 22, 23 mil pesos.
—Subieron de precio por el auge de barberías.
—Porque hay mucha demanda. Incluso me hablan de Cancún, de Puebla, de Toluca, de Tijuana, de muchos lados, y me piden sillones, pero en este momento no hay.
***
José Luis Pérez Rojas no solo los reconstruye, sino que también visita casas de empresarios para repararles sillones.
—¿De peluquero a… reparador?
—A reparador, señor; pero no dejo mi oficio, mi peluquería, amo mucho mi oficio, estoy enamorado de él.
—¿Y cuál le ha llamado más la atención?
—Un sillón Koach de madera. Para mí es el sillón de los más bonitos que he arreglado. Hace años llegué a tener un Koach con cabezas de león aquí y sus garras en las patitas, con bronce; vino un cliente y me dijo: “Qué es lo que vende”. Le digo: “No, pues este sillón y éste”. Y me dice: “Le compro todo lo que está aquí de sillones o no le compro nada”. Y se los tuve que vender. Era un sillón único.
De un taxi desciende su padre Rufino Pérez Sánchez, con 85 años, de paso lento y buena memoria. Recuerda que le cortó el pelo a Paco Malgesto, conductor de televisión; dice que era amigo de Austreberto Mayoral, peluquero del entonces presidente Luis Echeverría, a quien visitó en Los Pinos.
Y aquí están padre e hijo.
La moda retro continúa, pero el producto escasea. El restaurador de tronos, mientras tanto, hace todo lo posible por complacer a la clientela, con el esmero de siempre y envuelto en los recuerdos.