Un ajolote por aquí, otro por allá, unos plasmados sobre muros, otros dibujados en atajos. La metamorfosis urbana, mientras tanto, sigue a marchas forzadas por la fiebre futbolera que ya siente. En el Metro, por ejemplo, solo falta ver rodar balones y cardúmenes de ajolotes escurrir con goteras en algunas estaciones, como sucede con esas imágenes del animalito endémico que ya lucen en un museo, donde también está la pieza femenina de un modisto que se esmeró con detalles creados a base de tules rosas.
Pero antes de sumergirnos en esa muestra sobre el animalito, bajemos a las catacumbas del subterráneo naranja cuya remodelación y decoración continúan a marchas forzadas, casi en paralelo con las del Aeropuerto Internacional Benito Juárez, donde los remiendos de última hora aparentan fragilidad, como cuando alguien se tapiza de polvo el rostro y lo untado se le cae al primer estornudo. Pero esa es una variación sobre el mismo tema.
Sigamos.
Es tanta la prisa por remodelar el Metro, que algunas estaciones, como la Hidalgo, parecen catacumbas o esqueletos de monstruos, mientras malhumorados trabajadores de la industria de la construcción avanzan y esquivan pasajeros que también llevan prisa para salir a la calle o trasladarse a otra línea.
Mejor volvamos al principio.
Y salgamos a la superficie y enfilemos hacia el Museo Mexicano del Diseño, MMUDI, que no está lejos de las estaciones Hidalgo y Juárez, aunque puedes llegar en Metrobús y bajarse en Bucareli, límites de las colonias Centro y Juárez, y en un brinco caes.
Y llegas al MMUDI, donde no solo exhiben y venden joyas elaboradas por artistas nacionales, sino que hay una sala especial para exposiciones temáticas y un restaurante de comida de diseño.
El MUMEDI “está hecho por diseñadores para diseñadores”, comenta Ailin Emeterio, su directora. “Estamos enfocados en darle difusión al diseño mexicano e internacional”.
Este museo cuenta con una fundación y cumplirá un año en el número 35 de la avenida Bucareli, entrada por Donato Guerra —su anterior domicilio estaba en la calle de Madero, Centro Histórico—, donde ahora está dedicado a lo que ya es un figura oficial en Ciudad de México: el Ajolote, una especie de anfibio endémico de México, conocido por sus capacidades regenerativas.
La exposición tiene como título Axolotl, con más de 30 obras de diseñadores mexicanos, justo relacionada con este anfibio cuyo nombre proviene del náhuatl y que en ese idioma significa monstruo de agua, y que ya castellanizado se escribe y pronuncia como Ajolote, que ha sobrevivido en algunos lugares como Xochimilco.
La muestra es en colaboración con el Instituto de Restauración Ecológica de la UNAM para la Conservación de la especie. El costo de las entradas al recinto será repartido entre la fundación del museo y del instituto de la máxima casa de estudios.
“Tratamos de que en cada una de nuestras exposiciones siempre vaya con el enfoque del diseño y también con alguna causa”, añade la encargada del museo.
En esta ocasión participan 33 diseñadores, junto al director del MUMEDI, Hiroshi Ikenaga, quien es autor de la escultura de un ajolote con la que visitantes puedan interactuar.
La obra tiene el título de Nadando juntos. “Es la única pieza de nuestro museo con la que el visitante puede interactuar”, aclara Emeterio.
—Y hay de todas las técnicas.
—En nuestras exposiciones siempre mezclamos varias técnicas. Tenemos diseño gráfico, grafiti, serigrafía, cerámica, diseño de moda, diseño textil.
—Tienen una pieza muy significativa, que es un vestido.
—Sí, esta pieza es de Macario Jiménez, un diseñador mexicano, y su pieza está inspirada en las branquias del ajolote. El color es muy representativo, puesto que no es tan rosa como un ajolote como tal. Está inspirado en el billete de 50 pesos.
—Es hermoso.
—Sí, es una de nuestras piezas más importantes.
Y nos despedimos de este museo que incluye en sus aparadores diseños especiales de aretes, collares, figuras de cerámica y otras piezas, así como gastronomía gourmet —así la denominan—, en cuya elaboración participan jóvenes chefs que en cada platillo hacen una demostración de sus habilidades culinarias.