Para hablar de los vivarios dedicados a los reptiles (del latín vivarium, lugar de vida), hemos escogido la fábula Anaconda, del escritor uruguayo Horacio Quiroga 1878-1937. Los vivarios, en general, son lugares creados artificialmente con todos los rasgos de un ecosistema y en donde se alojan animales o plantas para su protección, desarrollo e investigación.
Las indagaciones realizadas en ellos permiten entender el equilibrio que la naturaleza debe conservar siempre para beneficio de los seres humanos, es por eso que con frecuencia son establecidos por gobiernos, instituciones educativas o de investigación.
Cuando estos sitios tienen sección de sierpes se llaman serpentarios, y ahí se realizan estudios para obtener venenos y preparar sueros antitóxicos que ayuden a las poblaciones.
Cabe decir que de un tiempo para acá han surgido vivarios como ornamento en restaurantes, plazas comerciales o vestíbulos de grandes hoteles.
Hasta aquí hemos comentado de exploraciones para un hábitat equilibrado. En el texto de Quiroga no se trata de eso, él nos habla de cómo los humanos masacrarán serpientes en un lugar paradisiaco. El autor relata con sabiduría la gran variedad de sierpes que en ese tiempo vivían en el sur de América llevando al lector a imaginarlo celestial, pero que pronto será perturbado.
Antes diremos que en las reseñas de la obra de Quiroga, el texto Anaconda, así como otros de sus relatos con animales, han sido llamados cuentos. Es vital aclarar que son fábulas porque los personajes hablan y se comportan como humanos dando preceptos morales mejor conocidos como moralejas.
Las fábulas como género literario en prosa o verso donde participan no sólo animales sino también cosas inertes y que exponen virtudes o defectos humanos con fines didácticos se han difundido desde la antigüedad misma tanto en India, China, Grecia y Mesopotamia. En ella, se encontraron tablillas de arcilla en la que animales engreídos o sabios sirven de ejemplo para que las personas se comporten de modo adecuado. Desde entonces varios autores en el mundo han escrito fábulas para beneficio de sus pueblos.
En la fábula de Quiroga se relata que han llegado humanos a la selva. Una víbora yarará de nombre Lanceolada se percata del hecho; preocupada da la alarma para que urgente se lleve a cabo un congreso de víboras. En este se decide que la culebra Ñacaniná, hábil trepadora y muy veloz, tendrá que averiguar qué hacen los humanos.
Aclaremos primero la diferencia entre víboras y culebras, las dos son serpientes u ofidios (del latín squamata, escama o escamosos) y saurópsidos (reptiles). De forma general se define que las serpientes víboras tienen veneno y las serpientes culebras no. Entonces serpiente, víbora o culebra no son sinónimas. De ahí que debemos ser precisos al nombrarlas y no darles un uso indistinto.
Ya aclarada esta frecuente confusión, sigamos: La culebra Ñacaniná investiga que se ha construido un serpentario, y los humanos traían además una cobra real y un perro inmunizado que resultaba ser el más peligroso. Con la información de Ñacaniná y de la cobra real que había escapado del serpentario, se convino un ataque, haciéndole caso a la cobra, no sin antes pasar por casi una pelea entre la reina de las serpientes, la culebra anaconda (Boidae) una de las especies más gigantescas del mundo y la cobra real (Ophiophagus Hannah), la serpiente venenosa más enorme que se conoce y, además, ofiófoga. Es decir, comedora de serpientes.
Se desata contra los humanos una feroz lucha, las varas, los machetes y el perro aplastaron, partieron en dos o trituraron cráneos de las atacantes. La estrategia propuesta por la cobra resultó un fracaso; Anaconda al verla se le va encima, tras una violenta riña, la cobra muere prensada en los anillos de la reina de las serpientes. El resultado final, una de las más atroces devastaciones sufridas en las tierras del sur.