El Principito, libro escrito por el francés Antoine de Saint-Exupéry, publicado en 1943 enmarcado como prosa poética. Género no sujeto a versos, pero que mantiene de la poesía la cadencia, el ritmo en sus frases o párrafos con el fin de transmitir conceptos filosóficos.
De ahí que El Principito no es para niños y si queremos que ellos lo entiendan, la lectura debe hacerse con un adulto que explique la esencia de los eventos; en otras palabras, hay que traducirle al niño episodio por episodio.
El libro desde el inicio nos lleva a razonar en las limitantes que los adultos ponemos a los pequeños. El escritor lo ilustra a través de un aviador. Él expone que no pudo ser pintor porque cuando era niño los mayores le dijeron que no perdiera el tiempo dibujando una serpiente que se traga a un elefante, que se parece a un sombrero. Lo valioso para la vida, le advertían, es aprender matemáticas, geografía, historia.
Esto que señala el autor lo conocemos como experiencias paralizantes; Thomas Armstrong se refiere a las situaciones que inhiben el proceso del conocimiento en la infancia y crean emociones negativas como vergüenza, temor, ira, culpa, impidiendo que las inteligencias múltiples, teoría de Howard Gardner, se desplieguen con toda su potencialidad biológica.
Así como existen éstas, David Feldman llamó experiencias cristalizantes a las motivaciones positivas, como la curiosidad, la alegría, la creatividad, que detonan talentos y habilidades en la vida futura de las personas.
El aviador ha caído en el desierto por averías de su nave, aparece el Principito, que sin saludo alguno pide que le dibuje un cordero. Como dijimos, él no sabe dibujar, delínea la boa y el elefante. Para su sorpresa, el extraño no lo ve como un sombrero, sino como es, e insiste en el cordero. Le hace varios corderos, los que rechaza: uno por enfermo, otro porque trae cuernos y es carnero, el otro por viejo. Apurado dibuja una caja, le dice que dentro está su cordero. Acepta feliz y le pregunta que si come mucho, porque su casa es muy pequeña, le asegura que le ha regalado uno muy pequeño. El Principito señala: “No tan pequeño. ¡Mira! Se ha dormido.”
En esta escena la imaginación se desborda, irrumpe en nuestra mente, los lectores vemos al inexistente cordero en la caja apaciblemente dormido. La ciencia nos dice que la imaginación forma parte de un proceso ininterrumpido de percepciones sensoriales conscientes o inconscientes de un sinfín de estímulos que son transportados al sistema nervioso central por los cinco sentidos y procesados en áreas de la corteza cerebral.
El Principito viene del asteroide B 612, pero para que se vuelva atrayente hay que ponerle una cifra: “Como una casa que no se entiende que es bella si decimos que está hecha de ladrillos rojos con geranios en las ventanas, tenemos que decir que vale 100 mil francos, entonces las personas dirán. ¡Qué bella es!”
Ha pasado tiempo, el Principito se abre, expone para qué el cordero: “Para que se coma los brotes de baobabs que son mala yerba e inundan mi planeta.” Los baobabs, adansonia, malvaceae, árbol botella, crecen en Madagascar, África y Australia, su altura va entre 5 y 30 metros y viven 800 o 1000 años. Entendemos por qué no los quiere.
Antes de llegar a la tierra el Principito visitó otros mundos donde sus residentes tenían actitudes condicionantes que no les permitían superarse.
Además, el Principito le cuenta al aviador que en su planeta tiene una flor muy bella, revela que está llena de vanidad. Al comienzo estaba feliz de tenerla, pero conforme pasaron los días se volvió su esclavo, pedía cuidados fuera de razón.
Antes que el Principito se vaya de la tierra mordido por una serpiente, conoce el valor de la amistad, cuando un zorro le pide que lo domestique para crear lazos afectivos, así entiende que su rosa es única y, si hay amor, se perdona. El zorro le comparte una frase: “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.