Basta situarse frente a un mapa para entender el reto de la desigualdad que enfrentamos. Nacer en el sureste de México es garantía de permanecer en la pobreza. Ser mujer, morena e indígena, todavía peor.
Por eso hay una parte en el discurso de Andrés Manuel López Obrador sobre la pobreza fácil de entender, compartir y hasta copiar, como hizo en Los Cabos Carlos Slim en la Cumbre de Alcaldes de Norteamérica, cuando parafraseó su lema y dijo:
"Por el bien de todos, hay que invertir, disculpe la copiada Presidente, hay que invertir en el sureste de México y en Centroamérica, para incorporar a la población hoy marginada a la modernidad, formando clases medias educadas que participen en esta nueva civilización que se sustenta en el bienestar de todos”.
Con los datos de la academia tras de sí coinciden en ese diagnóstico El Colegio de México y el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). En el proyecto Desigualdades del Colmex se muestra que los mexicanos "enfrentamos oportunidades muy desiguales en cuanto al logro educativo, los salarios o la movilidad social por el simple y azaroso hecho de nacer en una entidad o municipio determinado".
El análisis revela que las mujeres, las personas con menores ingresos y la población indígena "siguen enfrentando mayores dificultades que otros grupos para alcanzar objetivos cruciales en su curso de vida".
Las últimas dos décadas han sido terribles. Disminuyeron los empleos, reina la precariedad laboral, la seguridad social se estancó y a la pobreza, continúan los expertos de El Colegio de México, se suman nuevos retos como los riesgos ambientales y la migración de retorno, gracias a las políticas de Donald Trump.
En su estudio Movilidad Social en México 2019, el CEEY encuentra que "86 de cada 100 nacidos en los hogares más pobres en la región sur, no logran superar la condición de pobreza… Los mexicanos de piel más oscura experimentan menor movilidad ascendente y los logros que alcanzan las mujeres son más limitados que los de hombre en condiciones equivalentes".
Hay un momento en nuestras vidas que nos toca definirnos ante la pobreza y la desigualdad. Suele ser un episodio decisivo que marca vocaciones e impulsa hacia caminos divergentes pero que tiene origen común, la preocupación por los demás.
A unos nos lleva hacia el periodismo como vía para intentar curar las heridas de la sociedad, otros prefieren la política como acción transformadora. Aquellos de allá se decantan por la religión y los de más acá se dedican a la empresa para crear empleos.
Desde la primera vez que topamos con una mujer con sus hijos clamando por comida en las calles o un desempleado por trabajo, el golpe nos llega con fuerza a la boca del estómago, nos da en plena frente o en medio del corazón. Quedamos tocados.
Después la vida es resolver ese conflicto hacia adelante echando mano de las herramientas a nuestro alcance. La responsabilidad mayor, sin embargo, recae en quien puede provocar grandes transformaciones desde el corazón del Estado, es decir, de los gobernantes que con políticas públicas pueden afectar a toda una generación.
Es la hora del sureste y debemos entenderlo y apoyarlo.
hector.zamarron@milenio.com
Twitter: @hzamarron