Llegar a percepciones afines sobre lo que ocurre hoy en México se ha vuelto muy difícil porque algunos celebramos que el país esté ingresando a una etapa novedosa y alejada de privilegios, corrupción, dominio de las élites políticas, económicas, intelectuales, y tantos otros rasgos de un país que ojalá ya pertenezca al pasado. En esta visión nos respalda el sentir de millones de mexicanas y mexicanos. Otros se resisten al cambio que ya ocurrió y añoran las condiciones de un México en que habían encontrado nichos de operación harto gratos y productivos. Lo anterior no implica necesariamente la descalificación de este grupo.
En el segundo artículo en que se refiere a mi persona, Jesús Silva-Herzog Márquez dice que la nuestra es una “valiosísima oportunidad de conversar en un momento en que el diálogo parece imposible”, y agrega que “lo que podría llegar a ser útil ahora es abordar el modo en que expresamos nuestro desacuerdo”. Enseguida, se refiere a la “alarmante deriva autoritaria del discurso oficial”.
Henos ya en el problema de la percepción. Sin entrar en argumentaciones filosóficas ni menos cuánticas de lo que constituye ésta, lo que salta a la vista es la forma tan opuesta en que dos personas percibimos el acontecer político. Pienso que lo que desató la violencia verbal que ha acompañado a la transición que estamos viviendo, fue la campaña feroz, difamatoria y bien financiada que lanzaron el gobierno federal, parte del sector empresarial y de la intelectualidad orgánica y los poderes fácticos contra el entonces candidato López Obrador en 2005-2006. “Peligro para México”, “convertirá a México en otro Venezuela”, son expresiones que no surgieron de quienes desde entonces buscábamos una transformación del país, sino de quienes se oponían a ella.
Lo que yo escucho del Presidente a diario es el llamado insistente a las prácticas democráticas, la garantía de las opiniones diversas y el derecho a discrepar. Ese es el personaje que conozco y con el que he tratado durante los últimos 16 años. El que, como Presidente, no ha encarcelado ni mucho menos torturado o asesinado a un solo opositor político. ¿No es él quien afirma que “la vida sería muy aburrida si todos pensáramos igual”?, ¿no habla él de que “tiene adversarios y no enemigos”?, afirmación de la que, por cierto, yo discrepo pues si sus adversarios no son enemigos enconados, entonces desconozco el significado de ese vocablo. Ahora bien, lo anterior no implica que el Presidente no sepa defenderse y no quiera aclarar infamias, distorsiones y datos simplemente falsos.
Lo que divide a los mexicanos no es el discurso presidencial, sino la desigualdad económica constante a lo largo de nuestra historia, el autoritarismo de gobiernos y autoridades locales, así como el clasismo y el racismo que han permeado a nuestra sociedad desde siempre.
En cuanto al documento firmado por la bancada morenista que tanto preocupa a Silva-Herzog: yo no lo redacté y, si hubiese tenido la oportunidad, habría reescrito algunos párrafos, sin cambiar en un ápice su sentido. Pero al calor de la circunstancia en que nos encontrábamos al día siguiente de que la oposición frenara por razones políticas una reforma que, a mi juicio, beneficiaba a México, surgen situaciones que quizá escapen a la experiencia personal de Jesús y que tienen un nombre: política. Hay momentos definitorios en que sólo cabe afirmar, a veces en cuestión de minutos, de qué lado está uno en lo fundamental, más allá de matices o adjetivos.
Un recordatorio a Jesús: yo no llamé a una “batalla campal”; más bien, ésta se desató con la reforma eléctrica y es previsible que continúe con la reforma electoral, la reforma a la guardia nacional y así sucesivamente hasta 2024. Además, reitero lo que afirmé en mi primer texto de respuesta: “no creo que la postura de Silva-Herzog frente al Presidente provenga de intereses personales agraviados”.
Silva-Herzog plantea algo interesante. Afirma que “detrás de todo juicio estético hay un impulso ético”. Cuando evaluamos la forma en que Kempff, Arrau o Schnabel interpretan determinada sonata de Beethoven, utilizamos criterios estéticos y subjetividades que sólo pueden tener como referencia objetiva la partitura y el estilo personal de cada compositor. ¿Hay detrás de ello un impulso ético? No estoy seguro. Sólo que ese impulso lo constituya el valor moral de respetar la partitura (algo que muchos intérpretes famosos no hacen). Aún así, creo que las proclividades o las aversiones estéticas pueden existir por sí mismas.
Silva-Herzog afirma que se me ha impuesto el deber de no pensar. Sólo una embolia o un derrame cerebral me privarían de esa facultad. ¿Por qué confundir las convicciones personales con imposiciones autoritarias recibidas? ¿Por qué descalificar de esa manera las ideas del otro? Es ahí donde radica una intolerancia autoritaria.
Héctor Vasconcelos*
* Escritor, ex diplomático y senador por Morena