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Jueves , 21.03.2019 / 09:15 Hoy

Sentido contrario

Vian

Héctor Rivera

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Vernon Sullivan no llegaba aún a los 40 cuando vendió los derechos cinematográficos de su exitosa novela Escupiré sobre sus tumbas a una compañía productora. Todo iba muy bien hasta que comenzó a trabajar con los escritores del estudio. No tardó en agarrarse del chongo con los adaptadores, los productores, el realizador. Lo echaron a patadas de la producción. Cuando la película estuvo lista se las ingenió para colarse sin invitación a una de las primeras proyecciones.

Miró la película y luego salió a la calle con el rostro descompuesto. Solo repetía colérico: “qué hicieron con mi novela, qué hicieron con mi novela”. Cayó muerto ahí, a media calle, fulminado por la rabia.

Pronto se supo que aquel escritor negro estadunidense que había escrito una exitosa novela sobre un mulato que encuentra venganza en dos mujeres blancas por la muerte de su hermano negro no se llamaba Vernon Sullivan, ni era afroamericano. Escrita en 15 días, la novela que había vendido miles de ejemplares desde su publicación en noviembre de 1946 tenía grandes dosis de sexo y violencia, que habían evadido la censura en un laberinto de falsas identidades, sospechas fabricadas, rumores y escándalos.

Cuando se conoció la retahíla de mentiras en que había incurrido Sullivan no solo fue condenado por la justicia francesa al pago de una multa de 100 mil francos por ultraje a la moral y a las costumbres. También se supo lo que faltaba: que el autor que se hacía pasar por un escritor afroamericano en lucha contra el racismo se llamaba en realidad Boris Vian. El de Sullivan era en realidad uno de los muchos seudónimos que utilizaba. Tal vez el más frecuente.

Pero Vian era sobre todo un inquieto inquilino de la vida bohemia parisina, que construía día a día su imagen mitológica. No solo escribía su literatura. También se entregaba con mucha alegría a las fiestas, al surrealismo, a la dramaturgia y al periodismo, a la ingeniería, a la poesía, a las conquistas amorosas, a la crítica musical y a la creación de canciones contestatarias, a la frivolidad y a las provocaciones cotidianas del Colegio de Patafísica y sus conspicuos colegas del absurdo intelectual.

Para ingresar a un festivo olimpo en el que se confundía la más solemne creación artística con el más soberano desmadre escribió obras como La espuma de los días, El otoño en Pekín o Que se mueran los feos.

Vian murió el 23 de junio de 1959 a los 39, hace 60 años, y los franceses se disponen con discreta euforia a la celebración de uno de sus más queridos y controvertidos intelectuales. Tal vez el programa de festejos incluya el rescate de la calle parisina que lleva desde 1992 el nombre de Boris Vian, como han pedido con frecuencia sus atribulados herederos, hartos de la acumulación de basura y malos olores que, con la proliferación de vagos y las frecuentes peleas callejeras, ahuyentan a los visitantes.

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