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Jueves , 18.04.2019 / 20:12 Hoy

Sentido contrario

Morir en Dachau

Héctor Rivera

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Cuando los nazis salieron huyendo de los campos de concentración y exterminio, perseguidos por las tropas aliadas a mediados de 1945, dejaron atrás siniestras evidencias de su barbarie: pilas de cabellos de sus prisioneros asesinados, de anteojos, de prótesis de todo tipo, de ropa y zapatos, de huesos. Muchas de esas imágenes fueron recuperadas por los aliados y sirvieron para documentar buena parte de los procesos por genocidio contra la alta jerarquía nazi durante los Juicios de Núremberg que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. De hecho, fueron los nazis quienes dejaron filmados y fotografiados esos recuerdos de brutalidad.

Algunas de esas imágenes sobrecogedoras fueron recogidas por el cineasta francés Alain Resnais en su cinta Noche y niebla, que documenta los excesos de los nazis en los campos de concentración y exterminio. Muchos han llorado ante las imágenes de los barracones sucios y oscuros, los sanitarios humillantes, los servicios médicos que eran en realidad cámaras de tortura, los hornos crematorios, las fosas desbordadas de cadáveres.

El campo de Dachau, en las afueras de Múnich, fue inaugurado la última semana de marzo de1933, apenas un par de meses después de la llegada de Hitler a la cancillería alemana. Aún ahora se sienten ahí la tristeza, el dolor, los sufrimientos extremos.

Habrá que imaginar la clase de médicos que atendían a los prisioneros. En este campo, el siniestro medicucho Sigmund Rascher asesinó brutalmente a centenares de cautivos mientras buscaba un remedio para volver a la vida a los pilotos derribados en aguas heladas. Los sometía a congelamientos, a presiones insoportables, a caídas brutales. Luego apuntaba en su libreta minuciosamente cómo aullaban de dolor, cómo se les saltaban los ojos, les estallaba la cabeza, se convulsionaban y morían en medio de sufrimientos atroces. Para sus experimentos pedía a otros campos le enviaran especialmente a los prisioneros rusos, más capaces para soportar las bajas temperaturas.

En la Universidad de Harvard han sido depositadas miles de páginas que dan cuenta de los alegatos del Juicio de Núremberg por el que pasaron los jerarcas nazis para rendir cuentas por sus crímenes. Un millón de folios mecanografiados, llenos de historias macabras. Entre ese montón de papeles figuran los testimonios del llamado “Juicio de los Médicos”. Ahí están también las libretas de Rascher con sus horrendas observaciones: “Las muertes solo ocurrían cuando el tronco cerebral y la parte posterior de la cabeza también se enfriaban. Las autopsias de estos casos letales siempre mostraban grandes cantidades de sangre libre, hasta medio litro, en la cavidad craneal”.

Aunque sus libretas fueron muy útiles para condenar a muchos oficiales en los Juicios de Núremberg, Rascher se salvó de comparecer ante los tribunales. Fue fusilado por los propios nazis en Dachau.

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