Hay quien aprende por la vía corta. Historia, arqueología, antropología, psicología. No hay problema, aunque la calidad de los conocimientos adquiridos estará siempre a la medida de la cátedra. El cine por ejemplo. A algunos les basta con ver una película de Indiana Jones para saberlo todo sobre el pasado de la humanidad y, por qué no, sobre el presente también.
El año pasado el presidente de la televisión pública española, José Antonio Sánchez, acudió a un panel de discusión sobre los aztecas y los conquistadores españoles en la Casa América en Madrid. Generoso en sus palabras, vertió cualquier cantidad de elogios sobre los conquistadores que vinieron a poner orden en nuestro mundo desmadrado. Tal vez no sorprendió a nadie cuando aseguró que los conquistadores no masacraron a los indígenas porque tenían un avanzado nivel cultural. Quizá ninguno de los presentes movió alguito los bigotes ante semejante aseveración.
Apenas un breve murmullo se habrá escuchado cuando Sánchez soltó como si nada una idea bastante estúpida: “Lamentar la desaparición del imperio azteca es como mostrar pesar por la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial”.
Lo que no dijo es el título de la película que vio para asegurar tal cosa. En cambio atribuyó el origen de sus palabras a Inga Clendinnen, “una historiadora australiana que da clases en la Universidad de Cambridge”.
Clendinnen, una prestigiada académica, especialista en el estudio de la cultura azteca, fallecida hace un par de años, publicó al comienzo de los 90 su volumen Aztecas, una interpretación. Sin embargo, difícilmente habrá hecho señalamientos tan absurdos como los que le atribuyó el funcionario de la televisión española.
Ni caso tiene explicarle al tozudo burócrata que los nazis y los aztecas nada tienen en común, que la de los aztecas fue una civilización notable por sus conocimientos, por su organización, por su visión del universo. Que vivieron tiempos y coyunturas históricas muy diferentes de las que marcaron la hora de los nazis. De hecho, quienes hicieron pedazos a Sánchez en su momento fueron los académicos e investigadores de los dos continentes. Les siguieron muy indignados los trabajadores de los noticiarios de la Televisión Española, cuyo mando no está ya en manos de Sánchez. Difundieron unos días después un comunicado en el que hicieron pública la vergüenza que sentían por los dichos del funcionario.
Lo que resulta lamentable es que la idea de que los aztecas eran crueles guerreros y sanguinarios caníbales está muy metida en la cabeza de algunos, en buena medida gracias a las grandilocuencias del cine hollywoodense. Muchos imaginan a los sacerdotes aztecas levantando al cielo la daga de pedernal para hundirla luego en el pecho de una bella doncella aterrada, cuyo ensangrentado corazón palpitante servirá de ofrenda
a los dioses, a miles de guerreros enemigos rodando por los escalones de las empinadas pirámides o a frágiles niños y doncellas destazados en una piedra de sacrificios para complacer a las deidades del maíz, la lluvia o la guerra. Pura sangre, pues.
Leí hace unos días en un diario español un texto titulado “El ‘tzompantli’, la bestial ofrenda azteca a los dioses que derribaron los conquistadores españoles”. Se daba cuenta ahí de cómo “el ritual del sacrificio va unido de manera intrínseca al pueblo mexica entre los siglos XIV y XVI. Se cree que durante el imperio azteca varios miles de personas fueron sacrificadas como dádiva a los dioses. Las creencias religiosas normalizaron y generalizaron tan brutal práctica como modo de preservar el estilo de vida azteca. Puesto que el objetivo era evitar la furia de las deidades, nada más valioso que la ofrenda de la vida humana. Así las cosas, el sacerdote de turno, cortando el torso del cautivo, arrancaba el corazón aún latiendo de la víctima”.
Las cabezas de los adversarios eran desprendidas y, atravesadas por un palo, se exhibían en conjunto en el tzompantli. Este alarde de violencia y salvajismo, dice el texto, habría provocado tal repulsión a los conquistadores españoles que emprendieron de inmediato su destrucción.
Hace unos años, cuando una gran exposición sobre los aztecas recorrió algunos países de Europa, muchos en los medios se desgarraron las vestiduras ante las sanguinarias costumbres de un pueblo amante de la muerte y la sangre. Mientras ubicaban a los aztecas en nuestros días, los europeos se declaraban aterrados e indignados ante las aberraciones de un pueblo salvaje, brutal.
Ahora está en preparación la exposición Aztecas, que habrá de ser montada el año próximo en Alemania, Austria y los Países Bajos.
A ver con qué diablos salen esta vez.
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Héctor Rivera
México /