Hace tiempo escuché a alguien que aseguraba que cada segundo había unos 30 mil mirones con los ojos clavados en alguna página porno en internet. Yo creo que son muchísimos más. O eran, porque el negocio languidece hoy día. No hace mucho, los desnudos y las escenas de sexo reinaban en internet, mientras las revistas más conocidas del género entraban en agonía. Playboy, Hustler y Penthouse buscaban con desesperación un nicho en las redes electrónicas para mostrar sus fotografías y sus películas. Muchos ni siquiera sabían entonces que en esa aldea global había jugosos negocios en espera de ser descubiertos. Algunos de ellos terminaron de apuñalar a la pornografía justo mientras pensaba que había sobrevivido al cobijo de internet: las ventas en línea, el tráfico legal o ilegal de música y películas, las redes sociales, las aplicaciones para todo, la publicidad y la piratería.
Las cosas terminaron tan mal que hace unos días los pornógrafos se pusieron de acuerdo para ofrecer a los internautas de manera gratuita durante todo un día millones de fotografías y miles de películas. Dicen que están entrando otra vez en agonía, sobre todo por la proliferación de contenidos pornográficos creados por los youtubers. El día elegido para salir a la caza de clientela fue el pasado miércoles 7.
Hace una década a nadie se le habría ocurrido que llegaría un día tan triste para el negocio como este. No hace mucho, el porno era considerado como un negocio más próspero que la industria fílmica hollywoodense. Tenía una ventaja adicional: sin que nadie pudiera evitarlo, se había colado a las redes de internet y estaba en posibilidad de llegar con sus productos a todos los hogares del mundo. Y no solo eso: podía ampliar sin límites sus horizontes, aprovechando la libertad en los medios digitales y la ausencia de una censura formal, mediante una publicidad muy agresiva, que incluía millones de ataques de muy explícitos mensajes spam.
Todavía a finales de 2010 la pornografía a través de internet celebró una de sus más grandes operaciones financieras: la firma Clover Holdings pagó en una reñida subasta 13 millones de dólares por el dominio sex.com, uno de los más solicitados en el negocio del sexo electrónico. Pero la felicidad iba acompañada inevitablemente de un sentimiento de desgracia, como la premonición de un desastre que pocos percibieron en esos días. La empresa propietaria del dominio, Escom, había pagado cuatro años antes 14 millones por su propiedad. Es decir, estaba perdiendo por lo menos un millón de dólares en la operación. De hecho, el negocio se cerró ante un tribunal de quiebras mercantiles en el contexto de un litigio con sus muchos acreedores.
Clover, la empresa triunfadora en la disputa por la propiedad del dominio, era un enigma con domicilio en San Vicente, una isla perdida en el Caribe en la que buena parte de su población se dedica a cultivar plátanos, y se acreditó ante los tribunales solo con una dirección de correo electrónico.
Para entonces, el que había sido uno de los más prósperos negocios ya empezaba a tambalearse. Si en 2005 el erotismo digital había dejado en las arcas de un selecto de oscuros empresarios unos 5 mil millones de dólares, un año más tarde los ingresos andaban apenas un poco arriba de los 3 mil. La pornografía iba cayendo ante las embestidas de las descargas en línea.
La leyenda en este sentido es más bien masiva, como ocurre con frecuencia en internet, donde todo se mide en millones de usuarios. Así, resulta prácticamente imposible medir el tráfico de asiduos a la pornografía en internet, aunque se considera que la cifra puede rondar los 300 millones de mirones en todo el mundo. Al mismo tiempo, algunos estiman en alrededor de 10 mil los sitios que ofrecen este servicio dentro de los marcos de la legalidad, cobrando suscripciones que andan por los 30 dólares al mes, mientras los portales ilegales, piratas en buena medida, podrían sumar medio millón. Tal vez estos sitios no lo saben o poco les importa, pero han contribuido en mucho al deterioro de las finanzas de las empresas que invierten en producciones fílmicas o fotográficas de contenido pornográfico de cierta calidad.
Hoy día, se quejan todos, cualquiera puede organizar una sesión fotográfica o grabar una película porno en su recámara y subirla a las redes de internet. Eso en caso de que no alimenten sus páginas robando contenidos cuya producción ha representado una inversión para otros.
Vistas así las cosas, el día que se ofreció pornografía por internet para todos de manera gratuita puede ser también el día en que comenzó a morir un gran negocio.