La guerra en Oriente Medio ha provocado una serie de preocupaciones económicas relacionadas fundamentalmente con el encarecimiento del costo del petróleo y sus consecuencias. El barril de petróleo subió abruptamente su cotización y superó la barrera de los 100 dólares, con lo cual el riesgo de que esto genere una suba generalizada de precios a nivel global se incrementó a tal punto que se prepara la mayor liberación de reservas de petróleo de la historia con miras a nivelar los precios en el mercado. Lo cierto es que el cierre del Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20 por ciento del petróleo que se comercia a nivel mundial, pone en jaque a los precios y obliga a las naciones a buscar estrategias para mitigar el impacto inflacionario.
En el caso de América Latina se habla de dos hipótesis fundamentales: que la suba de los precios del petróleo no será tanta debido a que el comercio es más bien interregional, y que, de todos modos, el encarecimiento del combustible a nivel mundial terminará generando una inflación importada. Que no es para tanto pero que de todas maneras subirá, eso dicen los especialistas. Pero la cuestión para la región es que este proceso de riesgo inflacionario se da justo en un contexto en el cual los precios se han mantenido por encima de la capacidad de generación de crecimiento económico y de empleos de calidad.
Con una proyección de crecimiento de 2.3 por ciento promedio para los países latinoamericanos en 2026 y con las secuelas de los precios altos que no se han desinflado después de la crisis de la pandemia, el escenario enfrenta las necesidades de millones de personas de recuperar su poder adquisitivo para mejorar sus condiciones de vida y el encarecimiento del costo de los productos de consumo básico. Como el crecimiento de las economías no es suficiente y los empleos no garantizan ni la cantidad ni la calidad necesarias, el resultado no puede ser otro que el estancamiento en la crisis: millones de familias se quedarán en la pobreza y no mejorarán su poder adquisitivo puesto que todo cuesta más.
En el caso de México ocurre algo curioso: las proyecciones para la economía mejoran levemente aunque el entorno internacional se sigue complicando. Recientemente BBVA subió a 1.8 por ciento su expectativa de crecimiento para 2026, con lo cual la mejoría es importante respeto al 1.2 por ciento que estimó anteriormente. Pero a la par que las perspectivas de crecimiento mejoran, la inflación también se mueve: en el mes de febrero superó la barrera del 4 por ciento anual y generó preocupación sobre todo porque los precios que más subieron corresponden a alimentos.
El riesgo de que los precios se mantengan elevados debido a la guerra o a diversas causas representa una situación de cuidado porque el golpe directo es para millones de personas que no pueden enfrentar los costos. La inflación le pega más a los que menos tienen. Y eso es grave en una América Latina que tiene 170 millones de personas en situación de pobreza.