El dinamismo económico en América Latina sigue mostrando señales de fragilidad: en un contexto internacional complicado, en medio de la incertidumbre y los efectos de las dificultades comerciales, las perspectivas de crecimiento de la región para este año son de 2.2 por ciento promedio, de acuerdo a los cálculos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Y para 2027 la mejoría es apenas perceptible: se espera un repunte de 2.5 por ciento, con lo cual la región cerrará un lustro con un crecimiento que se mantuvo alrededor del 2.3 por ciento.
En la década de los 80 se habló de una “década perdida” por el escaso crecimiento que se tuvo. Lo mismo pasó entre 2015 y 2024 cuando el repunte promedio fue de apenas 0.9 por ciento, por lo que la Cepal calificó este periodo como otra década perdida. Los denominadores comunes: un contexto internacional poco propicio y una notable falta de dinamismo interno, lo que podemos traducir como que los motores propios no tienen la suficiente fuerza para enfrentar momentos adversos.
Si pensamos en el caso de México la cuestión es similar: entre 1990 y 2025 el crecimiento promedio fue de 2 por ciento por año, cifra que sabemos no sólo es insuficiente sino que representa muy bien “la trampa del escaso crecimiento” en la que se encuentra sumida la economía latinoamericana. Pero en el caso mexicano hay un dato más preocupante: en los últimos años se ha mantenido por debajo del promedio latinoamericano. Es decir, se encuentra rezagado en contexto de economías que crecen poco.
Las proyecciones de la Cepal para México apuntan a un crecimiento de 1.3 por ciento en 2026 y 1.9 por ciento en 2027. En ambos casos se encuentran por debajo del promedio latinoamericano. Entre los motivos señalados por el organismo internacional se encuentran los problemas de baja productividad, la elevada informalidad y la dependencia que existe del mercado de Estados Unidos, que es el destino de más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas.
La cuestión de fondo es que nuestras economías siguen siendo frágiles, poco competitivas, con una productividad baja y mucha dependencia de materias primas y de unos pocos rubros de exportación. Debido a los problemas educativos, enfrentamos la paradoja de vivir en los países que más horas dedican al trabajo pero al mismo tiempo no son muy productivos y perciben bajos salarios. Trabajar más no es sinónimo de vivir mejor. Y eso lo sabemos los que vivimos en esta región que es rica pero que tiene elevados niveles de pobreza, que tiene gente trabajadora pero que le cuesta salir de la precariedad.
Uno de los grandes retos latinoamericanos es construir economías más dinámicas, sólidas y flexibles al mismo, que puedan no solamente crecer a tasas importantes sino lograr una mejoría para la gente. Invertir en infraestructura, en educación, en ciencia y tecnología, mejorar la productividad y apostar más por la gente son necesidades imperiosas para romper los cercos que nos impiden crecer y mejorar.