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Doble mirada

Revocación y gobierno mágico

Guillermo Valdés Castellanos

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Aprobar la revocación del mandato sería un cambio negativo de enorme trascendencia en el funcionamiento del sistema político, pues significa introducir una consulta-elección para decidir si el mandato del presidente, electo por seis años, se interrumpe o continúa, lo cual modificaría para mal la lógica del gobierno. Para no ser destituido a los tres años, el jefe del Ejecutivo tendría que dedicarse a mantener un nivel de aprobación social elevado, lo que significa que no haría cosas que pudieran reducirlo. Sin embargo, gobernar bien implica, en muchas ocasiones, tomar decisiones contrarias a la popularidad del mandatario. Ejemplos sobran: aumentar impuestos o precios de los energéticos nunca será popular, pero en ocasiones es indispensable, pues no hacerlo pudiera provocar crisis económicas posteriores.

En 1994, Salinas se opuso a devaluar el peso para no afectar su imagen; le dejó la decisión al gobierno de Zedillo, pero ya fue muy tarde. Entonces vino el “error de diciembre”, que produjo una crisis económica severísima: millones de mexicanos perdieron su patrimonio; la pobreza se incrementó drásticamente; quebró el sistema bancario, para rescatarlo se creó el Fobaproa y la economía decreció casi 7% en 1995. La lógica política que prioriza la popularidad del presidente tiene por necesidad una mirada de corto plazo y los buenos gobiernos no pueden dejar de ver el largo plazo.

Por esa razón, creo que oponerse la revocación del mandato con el argumento de que ella puede abrir la puerta a la reelección no alude al problema central: deteriorar la gobernabilidad del país al introducir una lógica perversa de gobierno: decidir siempre en función del corto plazo y de la popularidad del mandatario en turno.

Para López Obrador, someterse a la revocación del mandato no parece representarle problema alguno, ya que tiene una concepción mágica del gobierno. Para él gobernar significa hacer campaña de manera permanente, mantener el contacto cotidiano con el pueblo para que perdure esa simbiosis que le permite ser su encarnación, vocero y representante vitalicio: “yo ya no me pertenezco; soy y me debo al pueblo”. Esa es la tarea primordial del Presidente desde su óptica. Las horas de oficina para el estudio, el análisis y la toma de decisiones, lo acuerdos con sus secretarios y las reuniones con sus gabinetes, con expertos, con representantes de todos los grupos para solucionar los problemas, esas cosas parecen ser secundarias.

No son importantes pues los problemas se resuelven de otra manera: la corrupción con el perdón a los corruptos y con el ejemplo del Presidente; la inseguridad una vez que se reparta la totalidad de becas a los ninis; el huachicol cuando lleguen con los apoyos a las familias de los municipios donde gobiernan los huachicoleros; el crecimiento económico con el fin de la corrupción; la crisis financiera y productiva de Pemex terminando con la corrupción y construyendo una refinería en el lugar que no se debe y que no va a ser rentable. Y todo lo anterior, complementado por los sermones y las persecuciones mañaneras para, como lo dijo Fernando Escalante, ofrecer la sensación de cambio, que no el cambio real.

Además, ir a campaña formal en 2021 le ayudará a Morena a repetir la mayoría en la Cámara de Diputados y eso sí es relevante, pues le dará el tiro de gracia a la oposición y extenderá el dominio de la 4T hasta el fin de los tiempos.

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