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Voy a tomar este espacio para hablar de algo personal pero, a la vez, totalmente pertinente a mi labor profesional.

Hablemos de Radio.

Mi trayectoria laboral y mi destino personal rebotó con la Radio por mero accidente universitario: cuando entré a la Universidad Iberoamericana, el sistema aleatorio de asignación de alumnos en la UIA me puso en un salón de gente muy talentosa. Una de esas personas era Cynthia Venegas.

Cynthia no venía de una familia acomodada ni que sus padres o familiares se dedicaran a la comunicación. Tenía, sí, más que eso: un enorme carisma y un desparpajo natural para comunicarse. Esas características debieron haber atraído a quien, en ese momento, llevaba la coordinación de la XHUIA-FM, una estación de radio que aun existe en la Ciudad de México pero que es muy distinta a lo que era la Radio Ibero de los noventa.

Manuel Fernández –entonces coordinador de parte de los alumnos en la estación y hoy alto ejecutivo de ACIR– le ofreció a Venegas un espacio los jueves al mediodía. Ella propuso hacer un programa de debate al cual –sigo sin entender por qué– me invitó a acompañarla.

No, no me peleaba en esos años de la forma en la que hoy lo hago de manera recurrente. De hecho, yo no quería hacer radio; el periodismo televisivo o el escrito eran mis ambiciones. Me gustaba la Radio pero no creía tener las herramientas para lograr hacer impronta ahí.

No tenía voz de Radio. No la tengo hoy en día.

Aun así, Cynthia me pidió acompañarla junto con otra amiga llamada Erika Aupart. No lo hubiera hecho ya que, hasta la fecha, la adicción me persigue.

De Ibero salté a Radio Mil a partir de la invitación del hermano de un amigo mío que producía espacios a Germán Dehesa. Terminó yéndose en uno de los recurrentes cismas que tiene el NRM y que, de hecho, sufre cualquier estación y grupo que viven en una natural crisis permanente desde los noventa, cuando la frecuencia modulada dejó de ser una rocola para transformarse en algo más complejo.

Yo, bajo su recomendación y mi inexperiencia, me quedé primero como asistente de un programa de espectáculos y, luego, como creativo y copy de toda la estación. Aburridos, los amigos que estaban conmigo en esa oficina y yo, fuimos a proponerle a Germán Huesca –entonces director de Rock 101– hacer un programa especial de fin de año. Sólo eso me llevó de la radio hablada a la musical, en donde llevó ya tres décadas.

Dos de ellas ligado de manera íntima a Guadalajara.

Hace veinte años, Grupo Imagen me encomendó hacer una estación que fuera rentable. Además de eso, logramos construir lo que hoy es una marca hacia formatos exitosos de radio a nivel nacional: RMX.

En RMX pasearon voces, ideas, conceptos, promocionales, antipromocionales, músicos, políticos, activistas, comentaristas, personajes que crecieron a la par que el formato se expandía hasta crear el festival gratuito más grande del país: 212.

En 2019, RMX cesó su transmisión. Imagen decidió desinvertir en estaciones del formato musical y recibió una jugosa oferta de Heraldo Media Group.

No juzgaré ni criticaré lo que pasó ahí, cada grupo radiofónico o mediático decide cómo y con quien buscar a la audiencia.

Pero si puedo hablar de qué pasó con la Radio en general en Guadalajara –y, si me empujan, en México entero–: se estancó.

Pese a los enormes saltos tecnológicos que ha habido en cabinas y en enlaces, muchos grupos decidieron que la mejor forma de enfrentar la voracidad digital y el cambio de paradigma en el consumo de medios era hacer menos radio: regresar a la rocola de los ochenta y temer.

No arriesgar.


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Gonzalo Oliveros
  • Gonzalo Oliveros
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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