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Lunes , 18.03.2019 / 16:01 Hoy

Uno hasta el fondo

Stephen King

Gil Gamés

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Gil Gamés cerraba la semana triste, solitario y final, como diría el clásico; o bien, débil e incierto, como diría no se sabe quién. Caminó sobre la duela de cedro blanco y en una especie de trance hipnótico su dedo índice tocó el lomo del libro Mientras escribo, de Stephen King (Traducción de Jofre Homedes B., Plaza y Janés, 2001.), uno de los escritores estadunidenses más exitosos. En esas páginas King comparte su experiencia y preceptiva literarias resumiendo su propósito de este modo: “Contaré todo lo que pueda sobre mi trabajo. Se empieza así: poniendo el escritorio en una esquina y, a la hora de sentarse a escribir, recordando el motivo de que no esté en medio de la habitación. La vida no está al servicio del arte, sino al revés”. Gil arroja a esta página del directorio algunos subrayados. No sobra decir que King ha cumplido 70 años.

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Si no hay objeción, me gustaría aclarar algo lo antes posible. No hay ningún Depósito de Ideas, Central de Relatos o Isla de los Bestsellers Enterrados. No parece que las buenas ideas narrativas surjan de la nada, planeando hasta aterrizar en la cabeza del escritor: de repente se juntan dos ideas que no habían tenido ningún contacto y procrean algo nuevo. El trabajo del narrador no es encontrarlas, sino reconocerlas cuando aparecen.

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Poner al vocabulario de tiros largos, buscando palabras complicadas por vergüenza de usar las normales, es de lo peor que se le puede hacer al estilo. Es como ponerle un vestido de noche a un animal doméstico. El animal pasa vergüenza, pero el culpable de la presunta monería debería pasar todavía más. Propongo desde ya una promesa solemne: no usar “retribución” en vez de “sueldo”, ni “John se tomó el tiempo de ejecutar un acto de excreción” queriendo decir que “John se tomó el tiempo de cagar”.

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La mezcla de estilos es un escalón necesario en el desarrollo de uno propio, pero no se produce en el vacío. Hay que leer de todo y al mismo tiempo depurar (y redefinir) constantemente lo que se escribe. Me parece increíble que haya gente que lea poquísimo (o, en algunos casos, nada), pero escriba y pretenda gustar a los demás. Sin embargo, sé que es cierto. Si tuviera un centavo por cada persona que me ha dicho que quiere ser escritor pero que “no tiene tiempo de leer”, podría pagarme la comida en un restaurante bueno.

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Cuando empiezo un proyecto no paro, y sólo bajo el ritmo si es imprescindible. Si no escribo a diario empiezan a ponérseme rancios los personajes, con el resultado de que ya no parece gente real sino eso, personajes. Empieza a oxidarse el filo narrativo del escritor, y yo a perder el control del argumento y el ritmo de la narración. Lo peor es que se debilita el entusiasmo de crear algo nuevo; empiezas a tener la sensación de que trabajas, sensación que para la mayoría de los escritores es el beso de la muerte. Cuando se escribe mejor (siempre, siempre, siempre) es cuando el escritor lo vive como una especie de juego inspirado.

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Escribir y dormir se parecen en que aprendemos a estar físicamente quietos al mismo tiempo que animamos al cerebro a desconectarse del pensamiento racional diurno, rutinario. De la misma manera que el cerebro y el cuerpo, noche tras noche, te acostumbran a cierta cantidad de sueño fija, existe la posibilidad de entrenar a la conciencia para que duerma creativamente y, despierta, teja sueños de gran nitidez, que es lo que son las obras narrativas bien hechas.

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La clave de una buena descripción empieza por ver con claridad y acaba por escribir con claridad, mediante el uso de imágenes frescas y un vocabulario sencillo. En ese aspecto, mis primeros maestros fueron Chandler, Hammett y Ross MacDonald, y es posible que mi respeto por la fuerza del lenguaje descriptivo compacto aumentara al leer a T.S. Eliot y W.C. Williams.

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Las clases o seminarios de escritura son tan poco “necesarios” como este libro o cualquier otro sobre el oficio de escribir. […] Yo aprendí la parte más valiosa (y comercial) de lo que sería mi oficio lavando sábanas de motel y manteles de restaurantes en la lavandería New Franklyn de Bangor. La mejor manera de aprender es leyendo y escribiendo mucho, y las clases más valiosas son las que se da uno mismo. Son clases que casi siempre se imparten con la puerta del estudio cerrada.

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Sí, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el camarero se acerca con la bandeja que soporta el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la frase de Billy Wilder por el mantel tan blanco: Si te sientes realmente feliz deberías escribir una tragedia; si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia.

Gil s’en va

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