Gil cerraba la semana en santa paz consigo mismo. En sus manos sostuvo un libro ardiente: La guerra más cruel de Arkadi Bábchenko (Galaxia/ Gutenberg, 2018). Oigan esto:
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El pasado 28 de febrero el presidente de la República de Chechenia, Ramzán Kadyrov, manifestó su apoyo al gobierno de Vladimir Putin en la invasión del territorio ucraniano. Kadyrov ordenó, además, el desplazamiento de 10 mil elementos del ejército checheno hacia Ucrania. Chechenia forma parte de las 83 entidades que componen lo que se conoce como la Federación Rusa. En su territorio habitan aproximadamente 1.4 millones de personas. Tras la caída de la Unión Soviética, Chechenia se independizó del dominio de Moscú. Su independencia duró poco. En 1994 las fuerzas rusas invadieron la ciudad de Grozni, capital chechena, desatando un álgido conflicto armado que se desarrolló durante varios años.
En 1999 se vivió uno de los episodios más sangrientos del enfrentamiento entre Chechenia y Rusia, conocido como la segunda batalla de Grozni. Los primeros combates de esta lucha se concentraron a las afueras de la ciudad. La estrategia rusa era atraer el fuego de los rebeldes, retroceder y golpear sus posiciones con fuego de artillería y cohetes. El 13 de diciembre las tropas rusas tomaron el control del principal aeropuerto de Chechenia. Al día siguiente, una de las brigadas rusas fue emboscada en la plaza Minutka por 2000 chechenos. Más de 100 soldados rusos murieron en aquel enfrentamiento. Llegado el invierno las tropas rusas ganaron la posición sobre Grozni. Entre las filas de aquel ejército se encontraba un soldado de 22 años, de nombre Arkadi Bábchenko.
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Bábchenko tenía planeado festejar la llegada del nuevo milenio en París, Londres o Milán, hospedarse en un hotel lujoso y beber una botella de champagne. La noche del 31 de diciembre de aquel año, el joven ruso se encontraba en un campo lleno de fango, en un refugio cavado en la tierra, lleno de humo, entre soldados que perdían la razón escuchando explosiones que irrumpían en un cielo oscuro. Entre el frío y la humedad del refugio, Bábchenko y sus compañeros se sentaron sobre una caja de proyectiles para compartir una taza de té, latas de carne en conserva, cinco pescados deshidratados, tres botes de leche condensada y 10 paquetes de galletas enviadas especialmente por el presidente Boris Yeltsin. Dentro de los paquetes de galletas había una carta que decía “Querido soldado ruso, en esta difícil hora en la que se encuentra la patria, cuando fuerzas perversas nos amenazan, no cederemos ni un palmo. Resistiremos. Pero no olvides que tu deber no es sólo defender el orden constitucional, sino votar en las próximas elecciones. Espero que ese día tomes la decisión correcta”. Dice Bábchenko con ironía que, con las barrigas llenas, un cigarrillo por fumar y el detalle del presidente Yeltsin, no había por qué quejarse.
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Este relato de Bábchenko se convirtió en una revelación de las letras rusas. La guerra más cruel se situó de forma inmediata en una tradición de novelas o crónicas sobre la guerra como Sin novedad en el frente de Enrich Maria Remarque o Trampa 22 de Joseph Heller.
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En el inicio del capítulo llamado “La operación vida continúa”, Bábchenko nos deja una lección sobre la guerra. Dice el escritor ruso:
Nadie regresa nunca de la guerra. Jamás. Las madres sólo reciben un pálido reflejo de lo que fueron sus hijos, convertidos ahora en bestias resentidas y agresivas, enfurecidas con el mundo entero y que sólo creen en la muerte. Los soldados de ayer no volverán a sus padres nunca más, porque ahora pertenecen a la guerra, donde quedó atrapada su alma. Sin embargo, al menos el cuerpo logró regresar. La guerra va muriendo dentro de ti de manera gradual, por capas, escama tras escama. Lenta, muy lentamente, el soldado, alférez o capitán que fuiste ayer —un maniquí despiadado con la mirada vacía y el alma reducida a cenizas— se va transformando en algo parecido a un ser humano. Se aplaca en ti la insoportable tensión nerviosa, se calma la agresividad, desaparece el odio y la soledad disminuye. Lo que más se resiste es el miedo —el miedo animal a la muerte—, pero también éste acaba desvaneciéndose con el tiempo… ¿Por qué tuvieron que morir tus compañeros, que fueron como hermanos que la guerra te regaló? ¿Por qué teníamos que matar a otras personas y disparar contra el bien, la justicia, la fe y el amor? ¿Por qué aplastábamos a niños y bombardeábamos a mujeres? ¿Para qué necesitaba el mundo a esa niña con la cabeza agujereada y el cerebro desparramado en el suelo? ¿Por qué?”.
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Todo es muy raro, caracho, como diría Séneca: “Una era construye ciudades. Una hora las destruye”.
Gil s’en va
Gil Gamés
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