Política

De la estupidez a la locura

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco rumbo a la Mesa de Novedades. En la parte más alta de la torre de papel estaba De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera de Umberto Eco (1932-2016) publicado por la editorial Lumen/Penguin Random House. Fue el último libro que Eco ordenó y editó antes de morir. Se trata de las crónicas y los artículos que Eco eligió sin saber que sería su último libro, una colección inteligente, divertida, diversa sobre la vida diaria y el río del tiempo. Gilga ha leído buena parte de este libro de 500 páginas y arroja algunos subrayados a esta página del directorio. Aquí vamos.

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Yo no estoy en Twitter ni en Facebook. La Constitución me lo permite. Pero obviamente existe en Twitter una dirección mía falsa. En cierta ocasión me encontré con una señora que con una mirada llena de agradecimiento me seguía siempre en Twitter y que alguna vez había intercambiado mensajes conmigo con gran provecho intelectual. Intenté explicarle que se trataba de un falso yo, pero me miró como si le estuviera diciendo que yo no era yo. Si estaba en Twitter, existía. Tuiteo, ergo sum.

Tuiteo, luego Existo”, 2013.

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La irrelevancia de las opiniones expresadas en Twitter es que habla todo el mundo, y entre todo el mundo, hay quien tiene fe en las apariciones de la Virgen de Medjugorje, quien va al quiromante, quien está convencido de que el 11 de septiembre fue una trama judía y quien cree en Dan Brown.

“Tuiteo, luego existo”, 2013.

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Antes, la amenaza a la privacidad era el chismorreo y lo que se temía del chismorreo era el atentado contra nuestra reputación, sacar los trapos sucios que debían ser legítimamente lavados en casa. Pero tal vez a causa de la llamada sociedad líquida, en la que todo mundo sufre una crisis de identidad y de valores, y no sabe dónde ir a buscar puntos de referencia que le permitan definirse, el único modo de conseguir reconocimiento social es “hacerse ver” a toda costa.

“La Pérdida de la Privacidad”, 2014.

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Un joven puede creer que el progreso es aquello que le permite mandar mensajitos con su móvil o volar a bajo costo a Nueva York, pero el hecho asombroso (y el problema irresuelto) es que debe prepararse, si todo va bien, para convertirse en adulto a los cuarenta años, cuando sus antepasados ya lo eran a los dieciséis. Sin duda hay que dar gracias a Dios o a la fortuna por vivir más tiempo, pero debemos enfrentarnos a este problema como uno de los más dramáticos de nuestro tiempo, no como un hecho pacífico.

“Esperanza de Vida”, 2003.

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El otro día en una entrevista me preguntaron (y lo hacen muchos) cuál era el libro que más había influido en mi vida. Yo sería un idiota (como muchos de los que contestan a esta pregunta) si a lo largo de mi vida un solo libro hubiera ejercido sobre mí un influjo más definitivo que otro. Hay libros que fueron decisivos para mis veinte años, y otros que decidieron mis treinta, y espero con impaciencia el libro que transformará mis cien años. Otra pregunta imposible es “¿Quién le ha enseñado algo definitivo en la vida?”. Nunca sé qué contestar (a menos que diga papá y mamá), porque en cada etapa de mi existencia alguien me enseñó algo. Podían ser personas que estaban a mi lado o algunos amados difuntos como Aristóteles, Santo Tomás, Locke o Peirce.

“Trece Años Mal Empleados”, 2007.

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En todas las personas que viven en este mundo (somos más de siete mil millones) hay un germen de locura que puede manifestarse de golpe, o sólo en determinados momentos de su actividad. Los degolladores del ISIS probablemente son, a ciertas horas de su vida cotidiana, maridos fieles y padres amorosos, y tal vez pasan algunas horas viendo la televisión o llevando a sus hijos a la mezquita. Luego se levantan a las ocho de la mañana se ponen la kaláshnikov en bandolera, la mujer les prepara un bocadillo de tortilla y van a decapitar a alguien o a ametrallar a un centenar de niños (…) Si es así, deberíamos vivir en un estado de desconfianza perpetuo (…) Para sobrevivir hay que darle confianza al menos a alguien. Lo único de que deberemos convencernos es de que no existe confianza absoluta (como sucede a veces en las fases del enamoramiento) sino sólo confianza posibilista. Si a lo largo de los años la conducta de mi mejor amigo ha sido digna de confianza, podemos apostar a que es una persona de la cual fiarnos. Sería un poco como la apuesta pascaliana: creer que existe una vida eterna es más provechoso que no creer.

“¿Estamos todos locos?”, 2015.

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Así es la cosa: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el camarero se acerca con la charola que sostiene el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la máxima de Emerson por el mantel tan blanco: La confianza es el primer secreto del éxito. m

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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Gil Gamés
  • Gil Gamés
  • gil.games@milenio.com
  • Entre su obra destacan Me perderé contigo, Esta vez para siempre, Llamadas nocturnas, Paraísos duros de roer, Nos acompañan los muertos, El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano. Escribe bajo el pseudónomo de Gil Gamés de lunes a viernes su columna "Uno hasta el fondo" y todos los viernes su columna "Prácticas indecibles"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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