Política

El agua que mata

Entre la mala calidad del agua, la exposición sostenida a contaminantes y el daño renal, existe una relación que ha dejado de ser una sospecha marginal para convertirse en una hipótesis socialmente abusiva.

Durante demasiado tiempo se nos dijo que el deterioro hídrico podía administrarse como un asunto técnico. Pero cuando una región como Poncitlán concentra niveles alarmantes de afectación renal, cuando en la ribera de Chapala aparecen proteínas en la orina de niñas y niños, cuando en la cuenca del Río Santiago se documenta la presencia de metales pesados y fragmentación del ADN, y cuando en el área metropolitana se detecta agua turbia, con microorganismos y fallas graves de tratamiento, estamos ante un patrón.

Lo decisivo es comprender que el agua contaminada no solo enferma en abstracto. Entra al cuerpo, se acumula, altera funciones metabólicas, compromete órganos, erosiona defensas biológicas y castiga con especial crudeza a quienes menos posibilidades tienen de escapar de la exposición cotidiana. La enfermedad renal, en este contexto, no puede leerse únicamente como resultado de hábitos individuales o predisposiciones clínicas. También debe pensarse como expresión territorial de una ecología tóxica.

Hay algo políticamente perturbador en todo esto. Sabemos más de los anuncios de obra, que de la composición real de los contaminantes. Escuchamos más promesas de rescate, que diagnósticos exhaustivos. Se invoca la urgencia, pero se posterga la transparencia. Y mientras la autoridad discute megaproyectos, miles de personas siguen bebiendo, almacenando o usando agua cuya calidad no ofrece confianza pública suficiente.

El mayor escándalo no es solo la contaminación. Es la normalización de sus efectos. Que una parte de Jalisco se acostumbre a vivir entre herbicidas, descargas industriales, tuberías obsoletas y silencios oficiales, revela una forma de desigualdad radical. No toda la población enfrenta el mismo riesgo hídrico, ni paga el mismo precio biológico por la negligencia institucional.

Defender el derecho al agua en Jalisco ya no significa solo exigir más litros. Significa exigir agua limpia, monitoreo riguroso, información verificable y una política sanitaria que reconozca sin evasivas, que donde el agua se degrada, también se degrada la vida.


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Gabriel Torres Espinoza
  • Gabriel Torres Espinoza
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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