Política

Ahogados en concreto

Cada temporal vuelve a contarnos la misma historia. Las calles se convierten en ríos, los pasos a desnivel en trampas, el transporte público se paraliza, cientos de vehículos quedan varados y miles de personas observan cómo el agua invade viviendas que, en muchos casos, nunca antes se habían inundado. Lo preocupante es que ya no se trata de episodios extraordinarios. Son fenómenos previsibles que ocurren año tras año en una ciudad, que parece empeñada en ignorar las causas de su propia vulnerabilidad.

La Unidad Estatal de Protección Civil reconoce que cerca de 47 mil personas y ocho mil viviendas se encuentran en riesgo. Investigadores de la Universidad de Guadalajara han identificado 670 puntos de inundación en el Área Metropolitana de Guadalajara, de los cuales al menos 200 son considerados altamente peligrosos. Lo más inquietante es que cada año aparecen entre 30 y 40 nuevos puntos críticos.

¿Cómo llegamos hasta aquí? Durante años se ha intentado explicar las inundaciones apelando a la lluvia intensa o a la basura acumulada en las alcantarillas. Es una explicación cómoda porque desplaza la responsabilidad hacia la naturaleza o hacia los ciudadanos. Sin embargo, la evidencia científica apunta en otra dirección.

Los especialistas sostienen que el problema tiene raíces mucho más profundas. La expansión urbana ha eliminado cauces naturales, reducido áreas de infiltración y cubierto el suelo con concreto, asfalto y desarrollos inmobiliarios. El agua que antes se absorbía ahora corre violentamente por calles y avenidas hasta colapsar colectores y canales. No es la lluvia la que cambió. Es la ciudad.

Mientras el gobierno anuncia inversiones multimillonarias para enfrentar la crisis hídrica y mejorar el abastecimiento de agua potable, la misma metrópoli desperdicia enormes cantidades de agua de lluvia. Investigadores del CUAAD estiman que cada temporal precipita sobre Guadalajara un volumen equivalente a cuatro veces la capacidad del Lago de Chapala. Sin embargo, tres cuartas partes terminan en drenajes y cauces sin ser aprovechadas.

La ciudad sufre simultáneamente por falta de agua y por exceso de agua. Vecinos señalan obras de infraestructura que alteraron escurrimientos históricos. Expertos documentan la desaparición de cauces naturales. Nuevos desarrollos continúan ocupando espacios que durante décadas funcionaron como zonas de absorción.

La discusión ya no debería centrarse en cómo sacar más rápido el agua de las calles. Debería enfocarse en cómo permitir que vuelva a infiltrarse donde naturalmente lo hacía. Puede seguir apostando a la lógica reactiva de bombas, colectores y declaraciones de emergencia. O puede reconocer que el verdadero problema está en un modelo de crecimiento urbano que convirtió el agua de lluvia en amenaza. Son la factura acumulada de décadas de malas decisiones y muchas omisiones.


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Gabriel Torres Espinoza
  • Gabriel Torres Espinoza
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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