Torreón, así como la zona conurbada, ha dejado de ser una ciudad de 15 minutos.
Diversas dificultades se han presentado, cada vez con mayor frecuencia, que son consideradas como de “ciudades grandes”, tales como el congestionamiento vial y que se recrudece temporalmente por el cambio en la infraestructura que favorecerá mayor fluidez vehicular.
No obstante a ello, creo pertinente que nos cuestionemos lo que estamos viviendo, pues si bien estas mejoras aliviarán una parte importante de la situación, también ponen de relieve una serie de comportamientos que ninguna infraestructura nueva va a aliviar: la educación vial y la planeación urbana.
Estamos cada vez más habituados a transportarnos en vehículos automotores porque hacerlo a pie ya no es tan factible (a pesar de que sería muy buen ejercicio), pues las distancias son mayores entre el lugar donde se vive y donde se labora, estudia o realizan las compras y requerimos ser más eficientes en el uso del tiempo (único recurso no renovable definitivamente y, por ende, escaso).
Antes, sólo ciertos sectores de la población podían acceder a tener más de un auto en casa, sin embargo, ahora, es común que haya tantos vehículos (legales o ilegales) como miembros de la familia, cuando ya se tiene edad (o talla) para manejar.
Sin embargo, también hay una gran proporción de la población cuyo único medio es el transporte público, pero que son casi invisibles para quienes nos desplazamos detrás de un volante. Incluso es patente que las nuevas vialidades contemplan poco al peatón, privilegiando el flujo de los carros y relegando fuertemente a quienes caminan.
Es complejo el tema si consideramos que, con el crecimiento urbano las rutas son insuficientes, la necesidad de transporte creciente y hacerlo a pie o en bicicleta es muy riesgoso: no hay respeto de unos a otros, hay áreas sin banquetas y los peatones transitan por la carretera, o bien, las bicicletas carecen de espacio menos inseguro, sin contar el costo (en tiempo y dinero) del transporte público, el estrés generalizado que nos ha transformado en poco tolerantes que no podemos, siquiera, aprender a usar las glorietas.
Flor.vargas@iberotorreon.mx