Patricio López García subió al estrado por las escaleras. Dio pasos hasta el centro, haciendo sonar sus zapatos negros y lustrosos en la superficie de madera.
Mantuvo la mirada abierta y, como una cámara, de un lado a otro, entabló contacto con el público: padres de familia, maestros, otros niños.
En la primera fila, a la derecha, se hallaban maestros, un inspector y un artista: el jurado.
El niño vestía el pantalón blanco de los lunes, camisa también blanca y corbata azul marino. Su madre la había peinado el cabello con el gel del gorila.
El cabello brillaba, estático, casi al ras del cráneo, con el partido a la izquierda, y echado a la derecha.
Alguien en el público, buscando la comicidad, dijo: apenas como sacado de un billete de veinte pesos. Se escucharon algunas risas.
No, ya está en los de 500, alguien corrigió y, para entonces, se había formado un murmullo.
Patricio levantó los brazos, mostrando las palmas para pedir silencio. Esperó un par de segundos. Al tercero y cuarto, se había creado un mutismo casi absoluto.
Entonces dijo su nombre, el de su escuela y agradeció a las autoridades a la derecha, a los padres de familia presentes y a sus compañeros.
“Mi discurso será, en este certamen de oratoria, sobre el amor, pero no cualquier tipo de amor, sino el amor al destino.
Los pensadores del pasado lo llamaron AMOR FATI.
En el siglo XIX, un filósofo alemán propuso: el camino hacia la grandeza está en el deseo de que nada sea diferente, nada hacia adelante, nada hacia atrás, nada en la eternidad.
No sólo debes aceptar lo que es y debe ser, dijo, ni siquiera pienses en esconderlo, sino ámalo con toda tu existencia.
Esta mañana desperté y me encontraba en el cuerpo que me dieron mis padres.
Sentí el calor de mis manos, el aire que enfriaba mis orejas: mi piel entera es del color de los troncos y las ramas de los árboles; mi cabello es lacio y negro; mi imagen como la de aquel pastorcillo de Oaxaca que llegó a ser presidente.
Entiendo que no tuve yo ninguna influencia sobre esta configuración que es mi cuerpo y mi apariencia, pero la amo.
La amo, porque ningún padre o madre rechaza a su hijo, y yo soy hijo de mi propio destino.
No soy el niño que otros desean. No soy el niño que otros dicen que soy. Soy Patricio López García, y lo agradezco”.
Patricio cruzó los brazos y se llevó las manos a los hombros. En el público, buscó a sus padres y, al verlos, bajó la cabeza.
“Pues nada es autosuficiente”, continuó, “y no sólo nací de mis padres sino de esa eternidad necesaria para para la creación de este instante.
Yo, tú, lo que nos rodea, es el resultado de ella: somos hijos de la eternidad, la transformación, el cambio siempre constante”.
Hizo una pausa. Los demás esperaban con los ojos silenciosos.
“Yo les pregunto”, alzó luego la voz: “¿pueden tomar un baño y conservar el agua en las tuberías? ¿Comer sin transformar la comida? ¿O ejecutar cualquier proceso de la vida sin transmutar los elementos?
¿Lo ven? La transición es lo más cercano al corazón de la naturaleza. Es lo mismo contigo, es lo mismo conmigo: el amor al destino, tan vital como la naturaleza, tal como afirmó el emperador Marco Aurelio hace muchos siglos.”*
El público en aquella primaria federal guardó silencio a lo largo de aquel discurso. Les parecía que el niño hablaba con los modos de un predicador protestante y que comunicaba ideas que no era fácil aceptar.
No obstante, reconocieron que poseía un conocimiento muy valioso. Aunque algunos —quizá los que se habían burlado de él— confirmaron que, en la realidad del país compuesta por diferentes razas, siglos de prejuicios ocultos en el humor, el sarcasmo y el corazón, aquellos argumentos resultaban más dulces al oído que a la práctica.
Patricio López García habló por algunos minutos más. Recibió el primer lugar del concurso. Iría a competir con otros niños a la capital del estado.
El triunfador visitaría la residencia oficial del presidente para recibir un saludo, mano a mano, del mandatario.
Patricio, en caso de que ganara, aceptaría con amor ese instante, como todos los demás.
*Recreación imaginaria a partir de “Meditations”: Marco Aurelio (Modern Library; trad. Gregory Hays).