Las posibilidades oníricas para escapar a la condena de vivir eternamente sin poder recrearse en el mundo de los sueños, ese espacio de liberación que se puede habitar, bien despierto, frente a una película o formando parte de ella como refugio ante la controlada realidad en la que cada vez es más difícil desplegar la capacidad de imaginar, transformar y experimentar esas sensaciones que se esconden en los recovecos del inconsciente. Las alternativas de soñar se mantienen como el último recoveco para vivir con libertad, más allá de las imposiciones y estructuras sociales que impiden la agencia individual para decidir los alcances y límites de la propia existencia. Y para tal cometido, ahí está ese arte antiguo y olvidado que los antepasados llamaban cine.
Realizada por el inquietante e inquieto director chino Bi Gan, de amplia visión, barroquismo narrativo y creatividad desbordada, Resurrection (China-Francia, 2025) se desarrolla en una sociedad distópica en la que se ha cambiado la posibilidad de soñar por vivir eternamente, pero algunos habitantes rebeldes, conocidos como delirantes, no aceptan la condición y optan por seguir soñando: uno de ellos va escapando por distintas épocas (Jackson Yee, resuelto) asumiendo diferentes personalidades, mientras es seguido, custodiado y vigilado, según el caso, por una ambigua mujer, conocida como La Gran Otra (Shu Qi, enigmática), a la que se le ha comparado con una Blade Runner que además de sus funciones persecutorias, ejerce como proyectista de esa idea de cine cual bastión último para revivir imágenes perdidas.
Junto con el Delirante y a través de los episodios, transitamos del cine mudo con el homenaje a El regador regado (Lumiére, 1895) y el énfasis en el expresionismo alemán, a la estética noir y de ahí a cierta presencia vampírica que se invetera con apuntes ciencia ficcionales y surrealistas, integrando a los dispositivos del relato los cinco sentidos por los cuales percibimos la realidad y la reinterpretamos desde nuestras interacciones no sólo físicas, sino mentales, en duermevela, en etapa REM o en una ensoñación fugaz. Este escapista, que recuerda a Nosferatu (Murnau, 1922), es primero encontrado en un fumadero de opio, esos espacios justamente para el delirio y con una estética propia de El Gólem (Wegener y Boese, 1920), con un proyector de cine insertado, por el que puede soñar sus vidas pasadas durante el siglo XX, de los años veinte hasta 1999, gracias a la intervención de la mujer que lo busca.
El protagonista se convierte en un joven que acompaña a un músico que se lastima los oídos, busca morir junto con él y a quien le da una misteriosa maleta que contiene un mensaje en clave oculto en Ven, dulce muerte de Bach, misma que reclama un detective que los sigue, para acabar en una confusa trampa de espejos dentro de una ciudad en ruinas y en clave de cine negro; de ahí salta en forma de monje que guía a unos ladrones por un monasterio, donde se encuentra con una figura de Buda que se desmorona al tacto y se encuentra con un hombre que representa al espíritu de la amargura con ecos paternos, mientras que un simbólico perro sale del sitio. De ahí nos vamos al Delirante en plan de estafador que integra en sus planes a una niña que gusta de los acertijos para fingir que adivina cartas a través del olfato, en tanto se atraviesan sendos relatos sobre hijas abandonadas por sus padres, de fuerte carga emocional.
Como lo hiciera en Largo viaje hacia la noche (2018), el autor nacido en Kaili, ciudad que le da título a su primer largometraje en el que un médico interactúa con pasado y futuro (Kaili Blues, 2015), se entromete en los recuerdos y las rupturas temporales, en la imaginería y en el poder del cine -ahí está el protagonista extraviado en una sala- y retoma texturas y colores según el momento de la reconstrucción de la búsqueda, además de volver a recurrir a un imponente plano secuencia, en este caso durante el episodio en el que el Delirante es Apolo, un rebelde que nunca ha sido besado y se vincula con una joven en un ambiente de bajos fondos para al fin encontrar la liberación vampírica al amanecer, entre calles peligrosas, luces de neón, bares enrarecidos y mafiosos que no se sabe cómo van a reaccionar.
El filme es un deslumbrante homenaje al cine como creador de sueños, de mundos oníricos como si se tratara de una arte perdido que se resiste a desaparecer y resucita cada vez que es necesario, transformándose a sí mismo, como el protagonista, para seguir sobreviviendo más allá de un tiempo determinado, adaptándose y al mismo tiempo reconstruyéndose para brindar nuevos sentidos y significados a la propia existencia: una sala con espectadores luminosos que van desapareciendo en un sala que se derrite, cual vela que brinda la luz a costa de su propia forma. Las absorbentes escenografías y locaciones que van de un set fílmico en constante acomodo a una construcción derruida, de un santificado monasterio nevado a un endiablado karaoke y algún campo relajante a sinuosos callejones y de ahí a un tren con destino incierto o una embarcación esperada durante toda la noche.
La imponente propuesta visual que se articula a partir de énfasis cromáticos específicos, de los tonos azulosos al rojo resaltado, de los juegos propios de la iluminación con las sombras en los pasajes cargados de fantasía y melancolía, se integra con el score sensible y nebuloso de M83, aportando al componente sonoro, también alimentado por reflexiones en off por parte de quien se asume también como Madre, un justo complemento para redondear la absorbente experiencia que propone esta ambiciosa obra, abierta a la interpretación y al análisis desde los propios sentidos, además de la reflexión sobre el papel de los sueños en vidas que se prolongan y se traslapan, susceptibles de recordarles o volverse a sentir y pensar a través de la maravillosa fábrica de sueños, como reza el lugar común, que representa el cine, aunado a un sentido de trascendencia y espiritualidad. El delirio como una forma de liberación.