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Miércoles , 20.03.2019 / 08:34 Hoy

Neteando con Fernanda

Naturaleza sorprendente

Fernanda de la Torre

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Giró despacio sobre sí misma para quedar en dirección al mar. Con sus aletas, la enorme tortuga empujo la arena, salió del nido que había hecho hace unas pocas horas. Cansada empezó su lento recorrido. Había desovado y era el momento de regresar a casa. La miramos en silencio, estábamos a unos pocos metros y no queríamos molestarla. Casi no había luz salvo por una linterna de luz roja y las estrellas, pero podíamos verla claramente. Es algo muy poderoso ser testigo de este recorrido que han realizado las tortugas marinas durante millones de años. Cuando finalmente la enorme tortuga llegó al mar, un par de turistas que estaban en el grupo sacaron enormes cámaras fotográficas, sus celulares y rompieron la magia del momento a punta de flashazos.

La vida tiene la virtud de sorprendernos una y otra vez; cuando menos lo esperamos ocurre algo que cambia nuestra vida. La semana pasada pasé unos días en Quintana Roo para festejar el cumpleaños de una querida amiga; aunque, en realidad, el festejo fue para todos: no hay nada mejor que unos días de descanso con amigos para dejar atrás el estrés y las complicaciones cotidianas.

Nos dijeron que era la temporada que las tortugas llegaban a desovar, pero no esperaba encontrarme con ellas. Alguna vez había ido en su búsqueda en Baja California. Patrullamos durante horas la playa sin suerte. En esta ocasión no fue así, llegaron prácticamente a las puertas del hotel donde nos hospedamos. De hecho, fue el propio personal del hotel el que nos avisó y nos proporcionó las indicaciones pertinentes para verlas mientras nos llevaban hasta donde se encontraban: nada de luz blanca (a las tortugas no les gusta la luz al momento de desovar por eso la necesidad de luz roja), hablar en voz baja y no acercarse demasiado. Por supuesto, nos pidieron seguir las indicaciones del biólogo en todo momento. Según nos explicó, las tortugas entran en una especie de trance al desovar, así que no se darían cuenta de nuestra presencia. Nos acercamos despacio mientras la tortuga desovaba, los ayudantes del biólogo, con sumo cuidado, fueron poniendo los huevos en una cubeta para llevarlos a nidos especiales a fin de protegerlos de sus depredadores naturales y de la codicia e ignorancia del hombre. Ahí estarán resguardados durante unos 45 o 60 días, hasta que las pequeñas tortugas marinas salgan de su cascarón. Su dura lucha por la sobrevivencia comienza en ese momento; en su recorrido pueden ser devoradas por aves, mapaches o cangrejos. Una vez en el mar, tienen que sortear diversas amenazas al grado de que se calcula que de cada mil crías solo una llegará a ser adulta.

Por su biodiversidad, siete de las ocho especies de tortugas marinas que existen en el mundo se reproducen en nuestro país. A Quintana Roo llegan cuatro de esas siete, principalmente la blanca y la caguama. A pesar de pasar casi la mayor parte de su vida en el mar, nacen en tierra. Los machos no vuelven a tierra firme nunca, mientras que las hembra —después de haber recorrido cientos de kilómetros— regresan a la playa en la que nacieron para hacer sus nidos y poner sus huevos.

Las tortugas marinas se contaban por millones el siglo pasado. Hoy, esta especie ejemplo de sobrevivencia que se encuentra en la Tierra desde la época de los dinosaurios, está amenazada como consecuencia del saqueo de sus nidos, la contaminación de los mares, la pesca ilegal y la disminución de sus áreas de alimen-tación, por lo que la población de tortugas marinas se ha reducido dramáticamente. En México, desde 1990, se encuentra prohibida la pesca de todas las especies de tortuga marina y se han implementado diversas medidas para su protección. Sumémonos a esos esfuerzos si queremos que las futuras generaciones puedan presenciar este milagro de la naturaleza. Es nuestra responsabilidad, finalmente, el hombre es la única especie que puede hacer algo para salvarlas.

fernanda@milenio.com

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