Actuar a “bote pronto” o cuando estamos enojados no es buena idea. Es importante tomarte un tiempo para escuchar otras opiniones, informarte y reflexionar. Esperar a que se nos pase el enojo. Después de eso puede ser que sigamos pensando lo mismo y tendremos mejores y más fundamentos para nuestra opinión, o quizá maticemos o hasta cambiemos nuestra opinión.
Hace unos años recibí un oficio del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) en donde se me invitaba a la reflexión sobre el uso de cierta palabra que —sin que fuera mi intención— ofendió a algunos. Si bien es cierto no había infringido ninguna disposición legal, era importante conocer el efecto que esta palabra tiene o puede llegar a tener sobre un grupo. Esta reflexión va más allá de la libertad de expresión —desde luego tienes el derecho a decirlo— más bien la pregunta sería: si mis palabras ofenden, ¿para qué quiero seguir diciéndolas?
Aceptémoslo, independientemente de si tienes o no derecho a decirlo, hay temas que no admiten burla. Son muy dolorosos, como la guardería ABC, Ayotzinapa o parte de nuestras creencias e identidad como la Virgen de Guadalupe. Puedes expresarte y decir lo mismo sin usar la palabra que ofenda. Esto no sería una autocensura sino una autorregulación de tu libertad de expresión.
De acuerdo con Hilda Téllez Lino, directora general Adjunta de Quejas del Conapred, hay una diferencia entre expresarte libremente y discriminar: “La gente tiene derecho a expresarse. Puede salir a la calle y decir: No estoy de acuerdo con el matrimonio igualitario o lo que sea. Lo que no puedes hacer es un llamamiento al odio, la violencia y a la negación de los derechos”.
Es imposible que todos pensemos igual. Usando el ejemplo anterior: podemos estar en contra del matrimonio igualitario, pero no podemos gritar que no lo permitan y que castiguen a quienes lo hagan. Una cosa es expresarnos y otra hacer un llamamiento al odio y a la negación de los derechos.
Hilda recordó el tema del grito: “¡Eeeeeeeeh, puto!”, en el futbol, en el que hubo un debate muy rico; con artículos maravillosos a favor y en contra. La reflexión sobre lo que significaba la palabra es importante. Lo que para unos es un simple grito pambolero, para otros es una palabra que no debe usarse, ya que puede alentar el odio y desprecio de la la comunidad homosexual. “Si a pesar de tener los elementos y saber lo que la palabra puede ocasionar quieres seguir gritando lo mismo, está bien, hazlo, pero reflexiónalo. Si entiendes los alcances y aún así quieres gritarlo, es una cosa y otra si solo lo gritas como robot, sin la reflexión, sin pensar todo lo que hay detrás de esa expresión. La libertad de expresión se vincula con otros derechos, como el derecho a la información. Entonces hay que recibir información de qué hay detrás de esa palabra”.
La reflexión es la invitación y la construcción que hay en el debate de la libertad de expresión. Hay que tener muy claro que hay límites, no se puede atentar contra la dignidad de las personas, y que, a veces, en la libertad de expresión, las palabras sí pueden ocasionar una revuelta violenta, como explica Hilda Téllez.
Creo que tenemos que entender que cada uno pasa por situaciones diferentes, por ello las reacciones de dos personas ante una misma situación pueden ser diametralmente opuestas. Algunas cosas duelen más que otras y reaccionamos diferente cuando algo así nos toca, duele o lastima. Todos tenemos algo que para nosotros es sagrado. Hay muchas cosas que no nos afectan, pero hay ciertos temas que es mejor no tocar, porque levantan ámpula y por lo mismo la reacción puede ser desmedida. Quizá esto era lo que quería decir el Papa con su comentario del puñetazo.
“No podemos justificar la violencia” —me dice Hilda— “pero no podemos dejar de ver que la libertad de expresión debe tener límites. No puedes ofender o tocar los temas tan profundos, como en este caso la religión o la dignidad espiritual de la gente”, aunque sean fundamentalistas. Siempre digo que antes de hablar hay que conectar el cerebro y el corazón a la boca. Tienes que tener las tres cosas conectadas, porque si tú hablas con el cerebro y no con el corazón puedes lastimar u ofender. Pero si conectas el corazón a tu boca, tus palabras saldrán claras, contundentes, asertivas, pero sin lastimar a otros”.
El tomarnos un tiempo antes de opinar o actuar y hacer esa conexión entre cerebro y corazón antes de abrir la boca, que tan bien explica Hilda, cambiará el efecto de nuestras palabras y seguramente las reacciones de quienes nos escuchan.
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