Política

¿Qué quiere decir competitivo?

Está de moda hablar de competitividad. No pocos políticos lo repiten una y otra vez como pericos, como algo deseable. En una metrópoli, por ejemplo ¿cuántos habitantes, de cada cien, tienen una estación de tren urbano a un máximo de 5 cuadras de distancia, con opción a uno o varios traslados con el mismo boleto barato, para llegar en condiciones humanas a su trabajo o estudio?

¿Será eso la competitividad? ¿O quizá vivir a 1,500 metros de altitud sobre el nivel del mar, con temblores moderados, con un clima suave todo el año, en camisa o equivalente y un aire no tan contaminado?

¿Con quién y por qué compiten las ciudades? ¿Con otras ciudades? ¿Para qué? ¿Ofrecen mejores opciones de estudio para los jóvenes, mejores opciones de empleo decentemente remunerado, mejores instalaciones de salud, o de recreación?

Es de preguntarse para qué querrán atraer más población conglomerados urbanos con más de un millón de habitantes. Las ciudades deben ser habitables, excelentes y hermanadas; no competitivas.

Para qué pretende un gobernante ir a Extremo Oriente (viajando en dirección occidente) a consolidar inversiones extranjeras, así nomás, sin ponderar si se insertan adecuadamente en las cadenas productivas propias.

O lo que es mucho más importante: si las tales inversiones en efecto generarán empleos productivos y adecuadamente remunerados a los habitantes de la entidad.

No sea que siga pasando que llega capital físico enorme con una generación de empleo raquítica y voraz: muchos millones de dólares que impresionan y muy poca ventaja para la población mayoritaria que vive de su trabajo; y encima una raquítica aportación en impuestos. ¿Es eso la famosa competitividad? No es lo mismo un millón de dólares de capital para generar un empleo mal remunerado, que una franela por sub-empleo en una esquina cualquiera.

Preocupa que esa quimera se traduzca en “empleos” como los generados a la vera del Periférico, donde “empresas” electrónicas se asemejan más a campos nazis de trabajo forzado con 2 y hasta 3 jornadas agotadoras al hilo y una remuneración que viola abiertamente las condiciones laborales previstas en nuestra Constitución (empezando por el artículo Primero sobre los derechos humanos elementales).

Ahora hasta las universidades quieren que sean competitivas, cuando lo que deben ser es colaborativas, para alcanzar en conjunto nivel de excelencia.

Según el Diccionario de la Lengua Española, competitivo es “capaz de competir” o sea: “dicho de dos o más personas, contender entre sí, aspirando unas y otras con empeño a una misma casa”; y competitividad es la “rivalidad para la consecución de un fin”.

Estrictamente hablando, esa rivalidad nada tiene que ver con la excelencia. Es más: puede ocurrir en los hechos que lleve a lo contrario. Un escándalo mundial reciente nos ha puesto enfrente el caso ejemplar de la Volkswagen.

La prestigiada empresa alemana por decenios, se derrumbó al descubrirse que, también por años, engañó a sus clientes. Con el ánimo de ser competitiva, hizo a un lado la ética y generó un bochorno universal, que ha derrumbado sus ventas; y de paso la fe ciega en el libre mercado sin reglas.

En realidad, la competitividad es el instinto animal de los machos en tiempo de celo. Incluye, por supuesto, a los humanos. Los griegos de la época clásica, hace 27 siglos, supieron sublimarlo, y aun sacralizarlo, con los Juegos Olímpicos: ahí se competía por la gloria efímera, la corona de laurel, ante el beneplácito de los dioses del Olimpo.

Hoy también nos enteramos de la competitividad deportiva llevada a extremos patológicos de uso de anabólicos y otros recursos antinaturales de dopaje, con el afán enfermizo de ganar, a veces empujados por estímulos económicos perversos.

Periódicos y noticieros dedican amplios espacios y tiempos a los resultados de las contiendas deportivas, que no tienen mayor trascendencia en la vida social más allá del humor temporal de los seguidores.

El jugoso aumento de 2.94 pesotes en el salario mínimo recién decretado por la honorable Comisión: ése sí tendrá graves consecuencias en millones de asalariados de todo nivel y en sus familias.

Todos sabemos que en los ámbitos del mercado nacional o mundial, la competitividad conduce con mucha frecuencia a toda clase de perversiones. Una de las más frecuentes es la maniobra para eliminar a la competencia, comprándola o llegando a arreglos oligopólicos.

No hace falta ir muy lejos: basta ir a la central de abastos para darse cuenta cómo 4 introductores pueden decidir de manera oligopólica el precio pagado al productor agropecuario indefenso y el cobrado al consumidor igualmente desprotegido.

¿Para qué queremos que se les llene la boca a nuestros “líderes de opinión” con la competitividad?

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Esteban Garaiz
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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