Llegar a oscuras a casa en este caluroso julio de 2026, ver que la comida del refri peligra, quedarse sin clima, internet y, para colmo, sin Mundial, genera una impotencia totalmente válida. Todos pensábamos que el Mundial traería caos vial y tráfico en las calles, pero la realidad nos golpeó por otro lado: el verdadero "tráfico" colapsó el sistema eléctrico de Monterrey.
En las pláticas de sobremesa se culpa a la falta de generación. Es impreciso. Nuevo León tiene excedentes de generación. El problema no es producir energía; es la carretera que la reparte.
Para entenderlo, imagina a un regio workaholic. No es completamente irresponsable, pero tiene las prioridades desalineadas. Vive para la chamba, come mal, duerme poco y no hace ejercicio. Un día se come una torta grasosa y termina en urgencias. La torta fue el detonante, no la causa. Su problema era estructural.
Nuestra red eléctrica es ese paciente con prioridades desalineadas.
Lo estructural: durante décadas priorizamos el crecimiento sin invertir al mismo ritmo en la red. Se juntaron el boom del nearshoring con la acelerada electrificación. Autos eléctricos que pueden duplicar la demanda pico de una casa, edificios totalmente eléctricos y un consumo creciente. La demanda avanzó mucho más rápido que la infraestructura. A eso se sumó un freno regulatorio. Primero por razones ideológicas en el sexenio pasado y ahora porque la avalancha de permisos rebasó la capacidad de Sener, CFE y Cenace.
Lo coyuntural: una ola de calor extrema con toda la ciudad encendiendo el clima y la televisión al mismo tiempo, y en hora pico para ver el Mundial.
Por culpa de Amazon y la era digital queremos soluciones inmediatas, pero los problemas complejos no se resuelven con una varita mágica. Lo que sí ocurre es que las crisis alinean incentivos para que cada quien juegue sus cartas.
Desde el Gobierno: habrá quienes politicen el tema y quienes aprovechen la crisis para invertir mejor. La realidad termina imponiéndose sobre la ideología, y el dolor hará que se destinen más recursos para fortalecer la red y agilizar permisos.
Desde la iniciativa privada: quienes no tienen recursos apechugarán; otros invertirán en coinversiones con el Gobierno o en tecnología para proteger sus procesos críticos.
Desde las empresas especialistas: es innovar o quedarse atrás. La buena noticia es que aquí hay talento de sobra para competirle a cualquier gigante extranjera. En Diram, por ejemplo, estamos apostando por los ingenieros de casa para instalar verdaderas supercomputadoras (Statcom) directo en la red. Nuestra trinchera es asegurar que toda esa energía masiva viaje por la alta tensión y llegue a su destino de forma eficiente y sin los tropiezos que hoy nos dejan a oscuras.
Desde los hogares: tristemente, quien pueda, invertirá en baterías; la mayoría recurrirá al apoyo temporal de familiares y amigos. Si tú tienes luz, ábreles la puerta. Ahí aparece el verdadero corazón regio.
La crisis del agua nos enseñó que el dolor también puede cambiar hábitos. Mientras llegan las inversiones –que tomarán un par de años– podemos ayudar evitando el mayor consumo entre las 18:00 y las 22:00, ajustando el aire acondicionado a 23-24 grados y privilegiando equipos eficientes. Los incentivos ya están alineados; ahora falta decidir de qué lado queremos estar. Es hora de apagar los mitos y encender la conciencia.