Se alzan unidos los dinosaurios de los partidos políticos en México ante lo que prevén será un evento —el impacto de un meteorito político— que provocará su extinción.
Las élites de los opositores PRIAN y el MC, de los aliados de Morena; el PT y el Verde, más allá de las diferencias políticas que los separan, saben que la reforma electoral que presentará al Congreso Claudia Sheinbaum Pardo no amenaza a la democracia en nuestro país, sino a sus negocios, a sus privilegios y, por tanto, a su propia sobrevivencia; por eso harán todo lo que esté a su alcance para frenarla.
Hay mucho dinero en juego: miles de millones en prerrogativas para los partidos; en dietas para los legisladores; en publicidad que se produce y se coloca en los medios y en las redes durante las campañas; en negocios que se fraguan en el Congreso; en influencia que se vende; en curules y votos que se subastan.
Está también el fuero que ha permitido a delincuentes que habían huido del país aparecer en la lista de las y los privilegiados y volver como diputados o senadores plurinominales.
Una vez que perdieron la Presidencia, los corruptos que nos gobernaban y los oligarcas que sobre ellos mandaban se hicieron fuertes en el Poder Judicial y, a través de la lista de plurinominales, en el Congreso de la República.
Hoy les toca defender el último bastión que les queda.
No librarán solos esta batalla decisiva; los acompañarán en la misma y echarán su resto de nuevo las y los comentócratas, los intelectuales orgánicos y la mayoría de los medios de comunicación.
¿Tendrán éxito? Quizás.
¿Será esta la primera derrota que sufra ante el Poder Legislativo la Presidenta? De ninguna manera.
En evidencia habrán de quedar quienes voten en contra de una de las demandas más racionales y sentidas de la mayoría de las y los mexicanos, y en las urnas pagarán el costo.
Mientras que las cúpulas partidarias se aferren a prebendas que la gente repugna, la Presidenta habrá cumplido, al presentar, explicar y defender la reforma como lo está haciendo, otra más de sus promesas de campaña y obtendrá, aun perdiendo la batalla legislativa —lo que está por verse—, una nueva y contundente victoria.
Quien, como ella, cumple escrupulosamente el mandato recibido en las urnas, defiende la democracia, lucha por recuperar su esencia, por ampliarla y garantizar que aquí el pueblo —sin listas ni excepciones— mande, ponga y quite con sus votos a quienes gobiernan, juzgan o legislan, tiene la legitimidad, la razón y la fuerza para vencer.