La pugna por la supremacía de la inteligencia artificial a nivel global me evoca dos autos a toda velocidad acelerando hacia el vacío. Ambos divisan el barranco, pero ninguno decide frenar. Parece no haber incentivos para detener la marcha hacia tierra inhóspita. Estados Unidos y China quieren derrotarse mutuamente, aunque eso suponga terribles consecuencias para la humanidad en su conjunto. Las plataformas globales (Open AI, Anthropic, Deep Seek, xAI, Google, Apple) recurren a experimentos perversos para superar a sus oponentes. Muchas veces con objetivos tan poco relevantes como resolver problemas matemáticos en segundos o hackear alguna plataforma aparentemente impenetrable. Sabemos las fuerzas que están siendo desatadas, aún así no hay quien ose presionar el botón rojo de alto.
La tecnología es -en esencia- una forma más eficiente de procesar energía e información. Partiendo de esta base, hay quienes han quitado relevancia al momento que vive la humanidad. Uno de ellos es el académico de Cambridge David Runciman que cree que la IA es otro instrumento creado por la humanidad como lo fue el estado, el mercado, el dinero o cualquier otro. No obstante, comulgo más con las tesis de filósofos e intelectuales como Byung-Chul Han o Yuval Harari. La IA tiene un componente distinto al resto de desarrollos tecnológicos del pasado: la IA obtiene el poder de agencia necesario para esclavizar como su instrumento al ser humano. Por ello llamamos “agentes” a los nodos de la IA. Porque el objetivo es que gocen de agencia y libertad. Que posean esas características eminentemente humanas.
El proceso ha sido acelerado. En una década, como humanidad le hemos dado a las máquinas el poder para definir lo que somos. Harari lo denomina “el dataísmo”. El imperio de la data. El humano que entrega su capacidad de elección y libertad a un algoritmo inteligente. Dicha fórmula de datos personales -que solemos calificar como el algoritmo- nos impone películas, libros y medicamentos. Para qué pensar, deliberar o reflexionar cuando podemos pedirle a un aparato tecnológico que lo haga por nosotros. Hay quien dice que es capaz de hackear al algoritmo; es como creer que uno es más poderoso que una plataforma multimillonaria que almacena datos de toda la humanidad. Es un vulgar autoengaño.
Celebro que la semana que hoy concluye haya comenzado con el debate sobre si es momento de ralentizar el desarrollo de las plataformas de inteligencia artificial. Dario Amodei (fundador de Anthropic) publicó un ensayo urgiendo "un ritmo más lento" a la industria ante los crecientes riesgos de seguridad, y algo inédito ocurrió: sus rivales directos, Sam Altman (OpenAI) y Elon Musk (xAI), se sumaron al llamado. Donald Trump se negó a revisar la idea y el discurso de Xi Jinping desde China versó sobre la misma línea: nada de detenerse. Hasta hace no mucho había un acuerdo implícito entre los principales actores económicos y políticos; consenso que parece roto si atendemos a las últimas declaraciones. La industria de la IA está dispuesta a frenar, pero los políticos de las super potencias no quieren escuchar hablar de una eventual desaceleración.
México tiene poco qué decir aquí, aunque es positivo que el Congreso mexicano esté dispuesto a entrarle a la prohibición de redes sociales a menores y a la regulación de la IA. Lo que me preocupa en el caso mexicano es que no existe institución independiente que nos garantice una regulación adecuada y despolitizada. La verdad es que no confío en el Gobierno de Morena metiendo sus manos en las redes sociales y en la IA. ¿Cómo garantizamos que no usarán dichas potestades para obtener beneficios electorales?
Sin embargo, más allá de los debates coyunturales y electorales, me preocupa un tema más profundo. Una vida desprovista de libertad es antihumana. Es decir, ¿quién puede pretender una vida en donde tus principales decisiones no sean tomadas por ti? ¿O que existan agentes que sean capaces de imponerse a nuestro sentido de humanidad y controlar lo que somos? Los humanos somos libres para acertar y fallar. Para crecer y también para fracasar. Para ser felices y para sentir dolor. La humanidad es la síntesis de todo ello. Ninguna máquina y ningún algoritmo debe sustituir la humanidad con todas sus contradicciones e incertezas. Es tiempo de parar. Entre la eficiencia eterna esclavizadora de la data y la fría libertad de la incertidumbre, con todos sus dilemas, siempre preferiré la segunda.