Política

El Mundial: entre la realidad y las expectativas

No me malentienda, estimado lector. El futbol me apasiona y la Copa del Mundo marcó mi infancia. Mi primer recuerdo es a los 5 años, en contra de la mayoría de los tapatíos, yo estaba maravillado con Maradona. Sólo por libros fotográficos había podido ver sus hazañas en 1986. Y quería que levantara la Copa en Italia cuatro años después. En esa Italia, tan suya. Esa Italia que lo vio hacer del Napoli, una escuadra de altos vuelos. El mítico San Paolo se llama hoy Diego Armando Maradona en honor al más grande. Bueno, al segundo más grande: después de un tal Lionel.

Recuerdo 1994, la magia de Brasil y una selección mexicana verdaderamente apasionante. Los malditos penales y los cambios. Me enamoré de los mundiales en aquella justa. Me encantaba Romario. Y qué decir de Bebeto. Una clase al nivel de un uruguayo mágico como Enzo Francescoli o el neerlandés universal: Johann Cruyff. Sufrí con la victoria de Francia en 1998, aunque mi abuelo insistía que un auténtico Toussaint no podía querer al mal a Les Bleus. El Mundial de Corea lo vi enterito: estaba terminando la preparatoria y los partidos eran el prolegómeno antes de apersonarme en el Cervantes. Difícilmente olvidaremos el gol de Jared Borgetti contra Italia. No obstante, la derrota contra Estados Unidos es uno de los días más duros de mi vida. Me deprimí semanas.

Tras aquellos años de infancia y adolescencia, ha habido mundiales maravillosos como vibrar con la España de Iniesta en Sudáfrica o vivir en Nueva York la victoria italiana a la Francia de Zizou. Vi la final en un bar de la Piccola Italia y hasta salí en los festejos tricolores en la cobertura de Telemundo. Al final, las banderas son iguales…si omitimos nuestra águila. Ver a Messi levantar la copa en 2022 fue fantástico, tras 15 años de admirarlo como el más grande ídolo futbolístico de mi vida y verlo ganar todo con el mejor club del mundo, el Barça. Todo esto viene a cuento por una sencilla razón: el Mundial es especial, nadie puede negarlo.  

Ahora, una cosa es la pasión y otra es la razón. Lo digo sin ambigüedades: México no debió nunca haberse postulado como sede mundialista. Échese un clavado a la literatura de los grandes eventos globales y sus consecuencias positivas o negativas para las sedes. Encontrará una conclusión, prácticamente unánime: el espiral favorable para una ciudad o un país se da siempre y cuando la tendencia alcista ya exista con antelación al evento. Es decir, unos Juegos Olímpicos o una Copa del Mundo son catalizadores de procesos económicos, políticos y sociales previos. Los grandes eventos no tapan la realidad. No maquillan el fracaso. Son sólo escenarios frente al mundo. Y, lamentablemente, hoy México no puede dar su mejor cara. No faltará quien me diga que somos muy buena gente, amables y hospitalarios. Que nuestra comida no tiene comparativa alguna o que habrá una derrama económica temporal en un país que necesita inversiones como agua de mayo. Todo ello es verdad o parcialmente verdad, sin embargo, la imagen que México da el mundo atenta contra todos esos objetivos.

El lunes pasado escuchaba un podcast sobre el Mundial de uno de los diarios deportivos más importantes: L’ Equipe. Las referencias a México, incluso a Guadalajara y a Monterrey, fueron muy duras. Un país sin gobierno, sin seguridad, amenazado por el crimen y sin garantía de protección alguna. Un periodista dijo: “a trabajar y me voy lo más rápido que pueda”. The Athletic, comprado hace algunos años por el New York Times, ha publicado sendos reportajes sobre la inseguridad, la violencia y cómo el Gobierno quiere maquillar a un país que está muy lejos de tener rumbo. El Marca de España. The Guardian en Reino Unido… todos se han sumado a la misma narrativa. Una que, por cierto, compartimos una mayoría de mexicanos si seguimos los estudios de opinión que se presentan.

Ante los ciudadanos, la justificación ha sido la derrama económica, el turismo y la imagen nacional. Nos hablan de cifras que son más dignas de una novela del realismo mágico latinoamericano, que valoraciones razonables sobre lo que el Mundial puede arrojar como consecuencia positiva. He escuchado a políticos decir que esperamos la visita de tres millones de personas a la Zona Metropolitana de Guadalajara. Digamos que, según estos cálculos, entre el primer partido –11 de junio– y el último en Guadalajara –26 de junio–, llegarían a la ciudad alrededor de 200 mil visitantes diarios. ¿Es creíble eso? Me llamó la atención que incluso el alcalde de Chapala, un municipio de 50 mil habitantes, espera 400 mil turistas en esos 15 días. De verdad no entiendo de dónde sacan esas cifras.

Bien valdría la pena bajarle al suflé exagerado del Mundial. Ni habrá derramas económicas exorbitantes, ni Guadalajara será la marca ciudad más anhelada del mundo. No es la Barcelona de 1992 o el Beijing de 2008. Cuando se elevan demasiado las expectativas, la cruda realidad suele ser cruel. Tratemos de potencializar lo positivo (turismo, gastronomía, hospedajes), sabiendo que es pasajero. Sabiendo que los problemas que enfrentamos los jaliscienses, los mexicanos, seguirán ahí luego de la fiesta mundialista. Ni los Juegos Panamericanos fueron nuestro salto al primer mundo ni el Mundial será un antes y un después para la ciudad. Vivamos el Mundial con alegría, pero sin elevar las expectativas ni tampoco hacernos bolas con cifras increíbles.


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Enrique Toussaint
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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