Una obstinada alucinación acompaña los pasos del cartujo por la Ciudad de México. En todas partes mira ajolotes morados. Desesperado, aprieta los ojos, los frota con fuerza. Cuando los abre, los animalitos siguen ahí, acosándolo con una sonrisa tonta mientras camina por banquetas rotas en calles ruidosas, llenas de basura, de vendedores ambulantes. Observa cómo algunos autos invaden carriles confinados del Metrobús, otros ignoran las luces rojas en los semáforos, unos más crujen con los baches, mientras los motociclistas serpentean entre el tráfico sin consideración. Piensa en el transporte público, lento e insuficiente, con el Metro como emblema de su degradación, y decide seguir caminando, padeciendo la salvaje ajolotiza impuesta por la ocurrente jefa de Gobierno.
La Presidenta defiende la voluntad de Clara Brugada; para ella, quienes critican la adopción del ajolote como imagen de México tienen una visión extranjerizante: “es una visión de querer separarse de lo que somos y enaltecer otras culturas”. Tal vez, o quizá es solo el rechazo a la frivolidad de una funcionaria habituada al maquillaje para ocultar la realidad, en este caso la de una especie en peligro de extinción, víctima de las descargas de aguas residuales en los canales de Xochimilco, su hábitat natural.
El maestro Manuel Ajenjo imagina una escena en la cual mientras los expertos y vecinos luchaban por salvar a los ajolotes: “la prioridad administrativa consistía en decidir si el siguiente dibujo debía llevar flores prehispánicas o diamantina feminista. Porque el color morado, explicaban los funcionarios culturales, reivindicaba luchas feministas históricas. Aunque algunos sospechaban que también reivindicaba contratos históricos de pintura”.
Ante la probable desaparición del ajolote, el cuento Axolotl, de Julio Cortázar es un grito de alerta. Viendo a los axolotl en un acuario, el narrador sintió como: “su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y, sin embargo, terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: ‘Sálvanos, sálvanos’”. Ojalá alguien los escuche y no solo los pinte de morado.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.