
Desde su nacimiento los partidos políticos han sido repudiados. La izquierda los veía como artífices de la fragmentación de la clase obrera. La derecha los culpaba de privilegiar los intereses de grupo y no el interés nacional. La partidocracia fue el concepto para denominar al sistema político controlado por y para los partidos. Para muchos, destruir a los partidos políticos suponía una forma de alcanzar la “auténtica democracia”. En México, la euforia -2009 a 2015- por los independientes era un intento de reemplazar al viejo sistema de partidos por algo distinto. O algunos pequeños municipios que habían expulsado a los partidos políticos. La realidad es que el mundo sin partidos políticos es mucho peor. La tiranía se instaura con mayor facilidad.
Se cumple un año del Asalto al Capitolio en los Estados Unidos. Un atentado que ha supuesto un antes y un después para la democracia más vieja del mundo. Sin embargo, de acuerdo con las encuestas que se han publicado estos días, entre los simpatizantes de Trump y del Partido Republicano, la “legitimidad de la violencia” como arma política se ha fortalecido en Estados Unidos. Hoy, una amplia base del conservadurismo aprueba lo sucedido aquel Día de reyes y cree que la elección de 2018 fue robada. A pesar de la clara incitación de Trump, sólo pocas voces dentro del Partido Republicano condenaron lo sucedido. Es la primera vez en la historia de los Estados Unidos, que un partido político se alinea con aquellos que quieren destruir la democracia. El mesianismo trumpista por encima del “Viejo Gran Partido”. Si el Partido Republicano no hubiera cedido a las tentaciones autoritarias de Trump, el consenso bipartidista sería la garantía de la pervivencia democrática más allá de la voluntad del líder. La democracia y los partidos son dos caras de la misma moneda.
Los partidos políticos son el invento de la modernidad para encauzar las pasiones políticas. Usted y yo pensamos diferentes. Y eso está bien. No vivimos en una dictadura en donde el pensamiento único sea la regla. El partido es una “parte” de la sociedad. Conservadores, liberales, de izquierda o de derecha encuentran una opción que satisface su forma de pensar. Los partidos políticos compiten, con un programa de Gobierno y un ideario, para alcanzar una mayoría social. El partido elige a sus líderes, pero el automóvil hacia el poder tiene una forma, operación y combustión propia. El partido político es una opción en una sociedad diversa, pero es también -si están lo suficientemente bien asentado en la ciudadanía- un contrapeso frente a las ambiciones desmedidas de los líderes. Pensamos en los contrapesos frente a la concentración de poder y siempre traemos a la mente a la Corte o a los partidos de oposición, pero en una democracia funcional, el mismo partido de Gobierno tendría que ser un dique frente a la tentación autoritaria. Los partidos vehiculan al poder, aunque no es menos importante que sean protectoras de la salud del sistema democrático, de las libertades y las leyes.
En el mundo, los partidos políticos comienzan a desintegrarse. Francia va a una elección en donde la vieja socialdemocracia y los democratacristianos no superan -juntos- el 20% de los votos. América Latina ya vive en un mundo pospartidos políticos. El triunfo de Gabriel Boric en Chile o de Jair Bolsonaro en Brasil es una consecuencia. En Estados Unidos, el Partido Republicano secuestrado por un movimiento fascistoide y un partido demócrata incapaz de ejercer la disciplina. Tal vez, Reino Unido y Alemania se mantienen como dos excepciones frente a esta realidad de depredación y exterminio del sistema de partidos.
Vamos a México. Buena parte del surrealismo político que vivimos se explica por la ausencia de un sistema de partidos fuerte y con rumbo. La transición se fraguó con el acuerdo de tres partidos políticos centrales: el PRI, PAN y PRD. Uno de Gobierno y otros dos de oposición a la derecha y a la izquierda. Entre los tres acordaron la democratización del sistema político y entre 1997 y 2000 arribó la alternancia. Como bien apunta Jesús Silva-Herzog Márquez en la casa de la contradicción, este arreglo quedó sepultado en la elección de 2018. Se acabó el régimen de la transición y se sustituyó por un mandato mayoritario a favor de López Obrador y Morena. Se acabaron los gobiernos divididos y el electorado decidió darle todo el poder a un partido (o a una coalición de partidos).
El problema es que el partido que ganó las elecciones está lejos de ser un partido político formal y serio. Morena es un universo de facciones que sólo reconocen la autoridad moral de López Obrador. Elige sus candidatos con encuestas que nadie conoce, hace alianzas sin consultarlas con la militancia y la participación de los simpatizantes es nula. Más que un partido es una cofradía que gestiona el éxito político de Morena. A pesar de los tiempos de vacas gordas, los conflictos son una seña de identidad del movimiento. Bueno, ni procesos internos de resolución de conflictos tiene Morena.
La oposición está igual. El PRI navega hacia su extinción. En 2022 perderá buena parte de sus gubernaturas y en 2023 escribirá su epitafio. Alejandro Moreno -líder nacional- y Omar Fayad -gobernador de Hidalgo- se pelean por ser vistos como los aliados más confiables de Palacio Nacional. El PAN tiene un liderazgo tan débil, pero tan débil (Marko Cortés), que ni siquiera puede esbozar una oposición con sentido. El PRD apenas respira. Movimiento Ciudadano, aunque con ideas claras, sigue dependiendo del liderazgo de Enrique Alfaro y es un partido a nivel nacional y otro, muy distinto, en los estados. La destrucción de la vieja y vilipendiada partidocracia ha supuesto la aniquilación de una oposición coherente y articulada.
Por mucho tiempo se creyó que el problema de México eran sus partidos políticos. La realidad nos ha demostrado que una democracia sana necesita partidos con rumbo, ideología y capaces de ofrecer alternativas. El paisaje político mexicanos nos arroja un oficialismo cimentado en el culto a una persona; una oposición que no sabe ni qué hacer frente a su debilidad, y una criminalización constante de aquellos que disienten se llamen periódicos o intelectuales. Que vueltas da la vida. Hoy México necesita un sistema de partidos que ofrezca certeza, alternancia y futuro. Deseamos siempre una vida sin partidos hasta que nos dimos cuenta que la política sin ellos es mucho peor.
Enrique Toussaint