Las barras bravas llegaron a México en los noventa. De la mano de algunos clubes de Primera División, las barras se convirtieron en parte habitual del paisaje de los estadios. Sus cánticos cambiaron la forma de sentir y vivir el futbol. Su pasión y radicalidad han marcado a generaciones de jóvenes.
Pasamos del tradicional convivio familiar a un ambiente de hostilidad dentro y fuera de los estadios. Argentinizamos el futbol mexicano. Los cánticos de las barras eran calcados de Boca Juniors, River Plate o Racing. Con el tiempo, las barras se hicieron cada vez más poderosas. Crecieron hasta volverse dolorosamente impunes. Chantajeaban a los clubes, controlaban el territorio y tenían el poder de parar un partido si el resultado no les gustaba. Violencia y barras bravas son dos fenómenos que van aparejados. Uno no se entiende sin el otro.
El crecimiento de las barras y su radicalización puso a los clubes entre la espada y la pared. En lugar de enfrentar su creciente poder, alimentaron su influencia y su cooptación de miles y miles de jóvenes. Boletos regalados, trato preferencial e impunidad.
Las cabeceras de los estadios se volvieron espacios secuestrados por la violencia y la intolerancia. El lenguaje belicista se normalizó. Cual tribus, las barras pelean por territorio y poder. Solamente Jorge Vergara (que en paz descanse) se atrevió a comenzar una auténtica cruzada contra las barras bravas.
En 2014, el conflicto entre las barras de Chivas y Atlas devino en una batalla campal que concluyó con lesionados, tanto en las aficiones como entre los policías. Posterior a ello, Chivas prohibió el ingreso a la barra. Un año después, pudieron volver los grupos de animación, pero credencializados y con controles. Se minó el poder de la Irreverente y la Legión 1908. La violencia ha disminuido en los partidos de Chivas.
Luego de la tragedia de La Corregidora, no caben medias tintas. Basta de la complicidad entre violentos y directivos. Basta de tolerancia de parte de los gobiernos y la Federación Mexicana de Futbol. La gente que va a los estadios, en su abrumadora mayoría, no es violenta. Va a disfrutar un espectáculo. Grita, se emociona y hasta llora, pero eso no deviene en violencia. Las barras sí generan violencia. La violencia es su esencia.
No es una deformación, sino la justificación de su existencia. No es reformar a las barras, es desaparecerlas. Prohibirlas. Tolerancia cero ante quienes utilizan el futbol como una justificación para ejercer violencia.
Inglaterra demostró que es posible acabar con los famosos hooligans. Corrijo: no acabar, sino marginarlos. Alejarles de los estadios. A través de tecnología y combate a la impunidad, las pandillas de hooligans están desintegradas. Se necesitó voluntad política de parte de la Premier y un apoyo indeclinable de los gobiernos.
En España también lograron marginar a los violentos de los Boixos Nois del Barcelona y Ultra Sur del Real Madrid. Para ello fue fundamental la decisión de los presidentes Joan Laporta y Florentino Pérez. La tragedia de Querétaro debe ser un antes y un después.
La vida es el valor más importante para preservar. Las barras deben ser disueltas. Recordemos al viejo Marx: la historia se repite primero como tragedia y después como farsa.
Enrique Toussaint