Todavía no nacía ni el Instagram ni el Tik Tok. Todavía Twitter y Facebook eran novedades. El Eliseo, en Francia, lo ocupaba un hombre extrovertido: Nicolas Sarkozy. Su vida era un torbellino imposible de contener. Nos pedía que lo acompañáramos a correr por las calles de París, aparecía en el prime-time de todas las entrevistas, se iba a vacacionar al Tamarindo con la artista Carla Bruni. Sarkozy era la vedet parisina. Un francés con ínfulas de americano. Sarkozy quiso imitar a Barack Obama.
Sarkozy se creía invencible. Las encuestas reflejaban su popularidad. El francés promedio quería ser como Sarkozy. Una vida turbulenta, una novia joven y las llaves del Eliseo. Una semana antes de las elecciones, Sarkozy, todo indicaba, se reelegiría sin complicaciones. Las encuestas le daban una ventaja insuperable. Sin embargo, apareció un hombre culto, aparentemente sin carisma y que hablaba lentamente. No era ningún mago de las redes sociales, sino un hombre tranquilo y hasta aburrido. Su esposa no era la carismática Bruni, sino una lideresa histórica del socialismo francés, Ségolène Royal. El hombre tranquilo, François Hollande, destruyó a Sarkozy en los debates y se convirtió en presidente de la República Francesa. La fuerza de las ideas derrotó a la frivolidad de la imagen. Francia elegía estabilidad y orden.
Clemente Castañeda no es el ícono de la popularidad mediática. No hace “en vivos” en redes sociales presumiendo los tacos que se come o las ahogadas que degusta. Tampoco sale abrazando al personal, buscando popularidad o retratándose, envolviendo a señoras de la tercera edad. Promueve la política en un mundo que se ha vuelto marcadamente antipolítico.
Clemente Castañeda se promueve con sus discursos, sus ideas y sus posicionamientos legislativos. Es un político que nada tiene que ver con su época. Habla de democracia, libertades y derechos. Piensa en el orden constitucional y en las amenazas del régimen. Habrá quien lo vea lejano, pero para mí es un viento fresco en un tiempo de nimiedades. La política es y debe ser mucho más que las frivolidades cotidianas.
La pregunta que a todos nos nace es: ¿por qué MC habrá de apostar por un perfil como Clemente Castañeda? Luego del torbellino de Alfaro, ¿por qué Clemente Castañeda podría constituirse en el continuador del movimiento que encabeza el actual gobernador?
Doy tres razones.
La primera, Clemente Castañeda es la continuidad del alfarismo, pero con otras formas. El senador ha señalado que piensa continuar con la obra de Alfaro. Que quiere dignificarla y mejorarla. Tras la salida de Ismael del Toro, Clemente Castañeda es el perfil que mejor encarna los valores del movimiento que ha liderado Alfaro. Quitando a Enrique Ibarra y a Hugo Luna que han declinado su posibilidad de ser candidatos, Clemente Castañeda es el último representante del sanedrín que alcanzó el poder estatal en 2018. No obstante, a nadie se le escapa que Clemente Castañeda tiene un carácter muy diferente a Alfaro. Se coaligan el fondo, pero se distancia en la forma.
Segundo, Clemente Castañeda ha dejado en claro que la unidad es su fortaleza. En un tiempo de versos libres, el senador decidió abrazar a la estructura de su partido. Su discurso no tuvo lugar a dudas: puso en el centro al alfarismo como proyecto. Es un ideólogo que tiene claro hacia dónde debe moverse el movimiento de Jalisco luego de la marcha de Alfaro. Si MC abraza la unidad, será difícil que Morena les arrebate Jalisco a los naranjas.
Tercero, es el único puente auténtico entre la dirección nacional de Movimiento Ciudadano y el alfarismo en Jalisco. No hay solución entre la dirección que encabeza Dante Delgado y Jalisco, sin la participación de Clemente Castañeda. En las últimas semanas, si la relación no se ha roto -por completo- es por la mediación del actual coordinador de los senadores. Difícilmente, MC irá unido sin la intervención de Clemente Castañeda.
No tengo la menor duda que el candidato a la gubernatura saldrá de Casa Jalisco. Alfaro tiene derecho a elegir a su sucesor. Y lo tiene porque libró las intermedias y mantiene la cohesión del proyecto a pesar de las incertidumbres que se ciernen en el horizonte. Mucho se ha debatido sobre el sucesor de Alfaro. Hay quien enmarca el debate sobre si elige al candidato popular o al candidato amigo. Creo que Alfaro decidirá pensando en su legado y quien puede garantizar que su movimiento no tenga fisuras. Quién garantiza que el alfarismo, como proyecto político, perviva.
¿Quién puede continuar la obra que Alfaro comenzó? Pregunta abierta.