
El cuento es un género anterior a la invención de la escritura, y ha evolucionado relativamente poco desde su nacimiento en los albores de la civilización. En todas las tribus hubo siempre narradores que contaban historias al pueblo reunido alrededor de una hoguera. Observar las reacciones del auditorio les permitía introducir variaciones en sus relatos, una ventaja con la que no contamos los cuentistas modernos, pues a pesar de inventarnos un interlocutor ideal, tal vez no le
concedemos suficiente injerencia en el proceso creativo. Tal vez por eso los cuentos de la tradición oral resisten la erosión del tiempo mejor que los escritos. Los cuentos de Las mil y una noches no han envejecido, aunque tengan mil años de antigüedad, porque llegaron a la letra impresa tras un largo periodo de afinación y depuración en el diálogo de los cuenteros con sus oyentes.
Los niños que ven Aladino, la película de Disney en dibujos animados, jamás han oído hablar de ese libro canónico, ni tampoco saben, por ejemplo, que “Caperucita roja”, “La cenicienta”, “Hansel y Gretel” o “Rapunzel” son cuentos de los hermanos Grimm. Este olvido no es un agravio para los autores anónimos de Las mil y una noches, ni para los hermanos Grimm, pues el mejor homenaje que la posteridad puede rendir a una obra es popularizarla al grado de eclipsar a su autor. Por desgracia, la mayoría de los niños sólo conocen esas historias en sus versiones audiovisuales, en vez de haberlas leído primero, una experiencia que los incitaría a imaginar los escenarios donde
ocurren, la fisionomía de los personajes, los paisajes, la arquitectura y la decoración de los palacios. Al darles todo digerido y empaquetado, el cine los encandila, pero les corta las alas.
El cuento fantástico, el de terror y el de ciencia ficción son la materia prima de muchas películas y teleseries, de modo que no sería difícil enganchar a los chavos en la lectura con esas carnadas. Por desgracia, la mercadotecnia editorial tiende a relegar al cuento al desván de las
curiosidades literarias en extinción. Los reportes de ventas que los editores reciben cada semestre quizá justifican esa política, pero uno se pregunta si los malos hábitos de lectura no fueron previamente condicionados por la oferta editorial. El arrinconamiento de la narrativa breve forma parte de un prejuicio más extendido contra la condensación del significado en la literatura, que también afecta a la poesía. En ambos géneros, una imaginación poderosa dice mucho con pocas palabras. En cambio, los novelistas menos dotados rellenan sus libros de hojarasca. Oh, redundancia, cuántos falsos valores medran bajo tu manto.
En la Europa del siglo XIX, cuentistas como Chéjov y Maupassant eran best sellers con decenas de miles de lectores, y también había poetas best sellers, como Lord Byron, Pushkin y Víctor Hugo. En buena medida, el imperialismo cultural de los países anglosajones contribuyó a malbaratar el gusto literario, por haber popularizado la idea de que el narrador de ficción debe mostrar en vez de contar, una receta patentada por Henry James que ahora es casi un dogma en los talleres literarios de Estados Unidos. Dramatizar
prolijamente las emociones o los pensamientos de un personaje puede ser un recurso eficaz en los puntos climáticos de un relato, pero convertirlo en método, como los cocineros que abusan de la levadura para inflar un pastel, sin usar jamás la síntesis o la elipsis, significa asestarle al lector infinidad de reflexiones insustanciales. Los buscadores de prestigio han encontrado en la retórica preciosista, o en la inocua disertación, la mejor manera de congeniar con la pereza mental del público esnob.
¿Cómo puede sobrevivir el cuento en una atmósfera tan adversa? La obra del chileno Roberto Bolaño ejemplifica las argucias que los cuentistas modernos han empleado para vivir de la pluma. Superdotado para la narrativa breve, había escrito magníficos libros de cuentos, como Putas asesinas, que fueron bien acogidos por la crítica, pero sólo llegaban a un público minoritario, a pesar de su título escandaloso. Tuvo entonces la idea providencial de reunir una colección de cuentos dentro de un andamiaje novelesco. No fue un innovador, como proclamó el crítico Ignacio Echevarría, pues recicló un subgénero antiguo que los críticos franceses llaman roman à tiroirs (novela en cajones), donde un argumento general sirve como justificación y marco para la exposición de cuentos o episodios integrados vagamente entre sí. Bolaño tenía un gran talento y se merece la gloria que conquistó con Los detectives salvajes, pero las colecciones de cuentos tienen o deberían tener un andamiaje invisible. Sería muy triste que los narradores del futuro tuvieran que travestirse como novelistas para hacerse perdonar su verdadera vocación.
Enrique Serna*
* Escritor, su libro más reciente es Lealtad al fantasma