Hay un común denominador entre los cronistas deportivos y los políticos: ninguno puede hacer carrera sin adular a las masas, ya sea para defender intereses económicos o cuotas de poder. El pueblo bueno y sabio siempre tiene la razón, aunque se aproxime jubilosamente al despeñadero. El espectáculo de una masa eufórica o rabiosa les infunde un religioso pavor que los induce a minimizar todos sus atropellos, incluyendo el asesinato, como sucedió con los festejos del martes pasado por la victoria sobre Ecuador, donde hubo cuatro muertos en las inmediaciones del Ángel. ¿Quién los mató? No el rebaño, sino sus pastores: Televisa, Infantino, las empresas patrocinadoras de la Selección y todos los beneficiarios del paroxismo nacionalista que los condujo a esa fatal encerrona.
Durante la transmisión del partido, los cronistas de Tv Azteca no mencionaron siquiera la tropelía que un grupo bastante nutrido de aficionados cometió la noche anterior en el hotel donde se hospedaba la selección de Ecuador, a la que llevaron una serenata con música estruendosa, cohetes y rugidos de motonetas, ante la mirada complaciente de la policía, que tardó dos horas en dispersarlos (en su idilio con el populacho, Clara Brugada sigue al pie de la letra la política de Nerón y Calígula). Buscaban así ganar a la mala el partido del día siguiente, pero sólo consiguieron exhibir su complejo de inferioridad futbolera. Si recurrieron al sabotaje ante un rival de mediana categoría, ¿le pondrán una bomba al autobús de la selección inglesa?
Salvo David Faitelson, que denunció esta deplorable marrullería en las redes sociales, los cronistas de futbol han optado por el silencio cómplice. Sus patrones les dieron una línea muy clara: nada de aguar la fiesta con exhortaciones a la cordura. El fracaso de sus tentativas por acallar el grito homofóbico en los estadios (la gente lo sigue expectorando en cada partido de México) parece haberlos llevado a la conclusión de no alebrestar al tirano en potencia que todo fanático lleva dentro. Nadie pudo domar a la bestia y ahora se pasea victoriosa con las fauces abiertas, arrojando meados desde las tribunas.
El aumento de 32 a 48 equipos que la FIFA decretó para este Mundial, junto con la flagrante manipulación de las televisoras, contribuyó a crear un efecto de ilusionismo que ha inflado hasta el delirio los méritos deportivos de la Selección Mexicana. No es lo mismo llegar al quinto partido en un Mundial donde compiten 24 equipos, que lograrlo en una justa con el doble de invitados. El triunfo sobre Ecuador nos colocó entre las 16 mejores selecciones del mundo, un puesto en el que siempre habíamos estado antes del fatídico torneo de Catar, donde nos eliminaron en la primera ronda y retrocedimos varios escaños en el ranking mundial. Pero hasta el momento, el equipo de Aguirre sólo ha logrado devolver al Tri al nivel que tuvo entre los mundiales de 1994 y 2018. Si pasa a cuartos de final y nos ubica entre los mejores ocho del mundo conseguirá de verdad una hazaña deportiva, que yo anhelo como cualquier otro mexicano. Sin embargo, el público festeja victorias pírricas con un conformismo desesperado. Vencimos de chiripa a Corea del Sur en un partido infumable y 400 mil personas salieron a festejar que el portero de Corea nos regaló un gol. La afición que estalla de júbilo por un simulacro de éxito se condena a no alcanzar el éxito verdadero.
En teoría, las victorias deportivas deberían aliviar la exasperación social, pero los aplastados de Reforma, la canallesca serenata a los ecuatorianos y las riñas que proliferan en las plazas donde la gente ve los partidos en pantallas gigantes parecen indicar lo contrario: cada triunfo nos acerca más al apocalipsis que Alex Lora profetizó en su canción “Si México ganara el Mundial”, donde auguraba el pandemonio de las últimas semanas. Lora conoce bien a la banda por haberla congregado en miles de conciertos, y observó atinadamente la patología del resentido victorioso. Anhelamos el triunfo con pasión, pero una sobredosis de alegría enfurece a los perdedores crónicos. Tantas derrotas acumuladas los predisponen a estallar de rabia cuando la vocación de fracaso no puede tolerar el fin de su hegemonía.
En varias ciudades alemanas hubo actos de vandalismo cuando su selección quedó eliminada. La afición teutona no sabe perder, la nuestra no sabe ganar. ¿Cuántas pandillas del crimen organizado estarán participando en los festejos mundialistas con el afán de exhibir su poder y sembrar el caos? Ya le han propinado madrizas a mucha gente indefensa ante las narices de la autoridad. Ojalá venzamos a Inglaterra, pero a estas alturas temo más la iracunda catarsis de la afición que una derrota sedante. La policía antimotines tiene por delante una jornada épica, si acaso Brugada le permite rasguñar a su clientela política.