Cultura

El hipódromo literario

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A finales de los ochenta, un reportero impertinente abordó a Octavio Paz en una entrevista de banqueta y le preguntó a quemarropa si esperaba ganar el Premio Nobel. “La literatura no es una carrera de caballos”, dijo el poeta, con una mezcla de enojo y altivo desdén. Intentó zafarse así de una competencia en que los chismosos del mundillo cultural querían involucrarlo año tras año. Se resistía con razón a ser tratado como jugador de un torneo, porque no sufrió entonces una derrota ni se la propinó a los demás nominados cuando más tarde obtuvo el reconocimiento, que se merecía desde muchos años atrás. Su respuesta no fue una evasiva, sino un principio de salud mental, pues el espíritu competitivo no estimula la imaginación: más bien la distrae y en casos extremos puede atrofiarla. El arte de la palabra es un juego solitario en el que un alma reconcentrada intenta vencer a los propios demonios, no a sus colegas. Desde luego, la vanidad exige caricias a todas horas, pero una vocación firme debe tener bien sujeta a esa perra ninfómana.   

No es fácil, sin embargo, deslindar la creación literaria del antagonismo que predomina en las justas deportivas, en la política, en los negocios y en el hampa, donde nadie conquista el éxito sin haber vencido a un competidor. De hecho, el mundillo literario está organizado de tal manera que todas sus coronas de oro o de hojalata (los premios, las becas, las traducciones a otras lenguas, el número de ejemplares vendidos, las adaptaciones cinematográficas, etc.), pueden estimular la rivalidad entre colegas propensos a la vanagloria. Hasta el talento más puro sale tiznado cuando el afán de proclamarse superior a un compañero de oficio crea piques artificiales que lo apartan de su búsqueda creativa. La verdad es que nadie vence a nadie cuando escribe una obra memorable: en todo caso se trata de una victoria íntima compartida con los lectores.

LUIS M. Morales
LUIS M. Morales

En la antigüedad, las competencias entre aspirantes a la gloria eran más enconadas aún, tal vez porque los buenos modales no prescribían aún la obligación de disimular la envidia. Desde entonces, los resentidos empleaban una burda artimaña para restarle méritos a los consagrados: cambiar las reglas del juego en el que habían logrado sobresalir. Demóstenes fue el orador más brillante de la antigua Grecia, pero no improvisaba sus discursos: los ensayaba largo tiempo antes de salir al foro, con un espejo delante para perfeccionar ademanes y gestos.  Según Plutarco, a principios de su carrera tartamudeaba ante el auditorio, pero a fuerza de tesón alcanzó una perfecta elocuencia. Uno de sus rivales, Piteas, le echó en cara que sus formidables disertaciones “olían a lámpara”, es decir, que se desvelaba preparándolas. Demóstenes le respondió que premeditar sus discursos era un acto de respeto al público, a quien los malos improvisadores como Piteas fastidiaban con sus dislates.   

El menosprecio de la disciplina intelectual, que algunos árbitros del gusto consideraban una mala imitación del talento espontáneo y superdotado, se fue imponiendo a partir del Renacimiento, y junto con él un criterio de valoración que tendía a sobrestimar la rapidez del ingenio. En el Arte nuevo de hacer comedias, Lope de Vega se ufanó de que muchas de sus obras “en horas veinticuatro, pasaron de las musas al teatro”. El dramaturgo Ben Jonson, contemporáneo de Shakespeare y mucho más apreciado que él por la crítica docta, cargaba sin embargo el sambenito de ser un ingenio moroso, que tardaba un año en escribir una pieza. En el prólogo de su comedia Volpone intentó reivindicarse, declarando con ánimo retador que había engendrado a esa criatura en apenas cinco semanas. A diferencia de Paz, Jonson sí mordió el anzuelo que le tendieron sus detractores. Nadie lo obligaba a competir en una cancha ajena a sus facultades.

La figura del escritor perfeccionista, representada en el siglo XIX por Flaubert, reivindicó en cierta medida el rigor artesanal de Demóstenes y Jonson. De hecho, el empeño por mejorar y pulir al máximo una obra implica una inversión de tiempo muy difícil de recuperar. Quien se aventura por ese camino hace una apuesta riesgosa, porque su amor al arte puede llevarlo a la ruina.  La facilidad para improvisar discursos o escribir a vuelapluma es sin duda un don envidiable y altamente lucrativo, pero al público le importa poco si el autor invirtió poco o mucho tiempo para cautivarlo. La irrelevancia de ésta y otras competencias delata su carácter espurio. El deporte de escribir a paso veloz apasionó a los competidores crónicos de la antigüedad. Los de hoy se desviven por cosechar likes o recurren al cabildeo para obtener condecoraciones. Ante el jurado plural de su trabajo, un escritor pierde y gana todos los días, pero nada lo perjudica más que dejarse llevar al arrancadero del hipódromo. 


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Enrique Serna
  • Enrique Serna
  • Escritor. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Ha publicado las novelas Señorita México, Uno soñaba que era rey, El seductor de la patria (Premio Mazatlán de Literatura), El vendedor de silencio y Lealtad al fantasma, entre otras. Publica su columna Con pelos y señales los viernes cada 15 días.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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