La fiebre mundialista ya nos alcanzó. Se mete en las conversaciones del café, en las oficinas, en las escuelas y en los grupos de chat.
El futbol logra algo que pocas cosas consiguen en estos tiempos: reunirnos en una misma emoción y recordarnos que, más allá de nuestras diferencias, compartimos algo esencial: somos mexicanos.
En una época marcada por la polarización y el desencuentro, ese pequeño milagro colectivo adquiere un enorme valor.
El futbol no elimina las diferencias, pero por un momento las vuelve secundarias.
Nos enseña disciplina, trabajo en equipo, perseverancia y también algo más profundo: la posibilidad de sentirnos parte de una misma causa.
Por eso el futbol trasciende la cancha. Hay una anécdota inspiradora al respecto.
En diciembre de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, soldados ingleses y alemanes protagonizaron treguas espontáneas en distintos puntos del frente occidental. Intercambiaron saludos, cantaron villancicos y, según múltiples relatos, improvisaron partidos de futbol entre trincheras.
Los historiadores advierten que los detalles cambian dependiendo de la versión, pero el símbolo permanece: incluso en medio del horror, una pelota logró abrir un espacio de humanidad.
No es romanticismo ingenuo. Es una lección poderosa. Si un juego fue capaz de generar empatía en una guerra, hoy también puede ayudarnos a construir convivencia, comunidad y respeto.
El futbol tiene la capacidad de convocar, de crear encuentros y demostrar que hay causas superiores a aquello que nos divide.
Cuando juega nuestra selección dejamos de lado muchas diferencias y nos volvemos una sola voz.
Ojalá esa unidad no dure únicamente noventa minutos. Hago votos para que, cuando termine el torneo y se apaguen las luces de los estadios, no regresemos al México confrontado de siempre.
Que nos sigan uniendo las grandes causas nacionales: combatir la pobreza, proteger a nuestras familias y construir un mejor futuro para nuestras niñas y niños.
Si logramos sostener esa unidad alrededor de las causas que de verdad importan, el resultado en la cancha dejará de ser lo más significativo, porque México ya habrá ganado.
Y esa será nuestra verdadera victoria.