Poco a poco, como no queriendo la cosa, al oriente de la ciudad de México se ha ido forjando una literatura con voz propia, marcada por una realidad nada aterciopelada, producto de un sistema pródigo en desigualdades sociales derivadas de la insurrección interrumpida que derivó en Revolución Institucionalizada, y con el movimiento obrero encorsetado por el sindicalismo charro y la desigualdad campesina incrementada por la insuficiente dotación de tierras y apoyos a los ejidatarios, más el neolatifundismo gandalla arribando a la modernización del campo: el suyo de ellos.
Servando Hernández, nacido en 1956 y avecindado en Ixtapaluca, Estado de México, publica el libro El solar de las almas idas (Ed. Palabras Revueltas). Once cuentos que muestran a un hacedor de historias poseedor que posee el don de la metamorfosis, que convence por la verosimilitud no atada a “lo verdadero”. El suyo es un solar fue poblado por seres que abandonaron el campo y sus faenas para venirse a la ciudad, y fundaron o retepoblaron Neza, Chimalhuacán, Chalco, Ayotla, Ixtapaluca...
Peregrinos de lo humano en busca de lo humano, descubrimos a los personajes de Servando materializados como el Gato, que venido del campo a la ciudad se hizo padrote y aprendió “el arte de seducir a las mujeres”; también como enfermeros en su fiesta de titulación escolar, echando relajo con ritos de iniciación de trágico final. O como el estudiante que, aquejado por un mal, se queda en casa y prefiere salir de casa y “esperar hasta despertar al nuevo sueño”.
El solar de Servando Hernández se manifiesta fértil gracias a los recursos de la literatura, que trasmina también sensibilidad social e imaginación para abordar realidades cotidianas. El ejercicio del magisterio en zonas donde la pobreza campea, mantiene viva la imaginación y la creatividad de Servando (que no se queda en el naturalismo indignado), y las vuelve relatos sin aire acondicionado, sofocantes, caniculares.
“El acto de escribir, como la vida misma, es un viaje de descubrimiento”, escribió en algún momento Henry Miller, autor de libros donde la vida es un constante hervor de pasiones y precariedades, asumidas porque no hay de otra.
El mismo hervor que se percibe en El solar de las almas idas, que transitan por escenarios negados al Pro-gre-so, que rezuman desaliento, sinsentido que deschaveta, que se manifiesta como negación para trascender a realidades menos inhumanas. A los demonios personales suma los de la locura en el manicomio, donde la anormalidad se instaura como nuestra cotidianeidad lurias, desquiciada.
“Yo nunca imaginé que existieran realmente mundos dentro de otros mundos. No tenía la menor idea de esos sueños que producen las neuronas, hoyos negros que nos pierden en el tiempo y nos hacen ver como seres de otras galaxias, pero no, son reales”, externa el protagonista del cuento “El solar de las almas...” y un pegajoso desasosiego asalta al lector y no lo suelta porque la literatura de Servando no entretiene: sacude, interroga, solivianta, porque cosa buena no es lo que sus personajes viven: padecen una modernidad, una realidad que a tantos tiene con tan poco en este (in)mundo…
Emiliano Pérez Cruz*
* Escritor. Cronista de Neza