En el país en el que los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (máximo tribunal de la nación) llegaron a “impartir justicia” a través de un fraude contumaz, nos escandaliza que los jóvenes, aspirantes a universitarios, recurran a todo tipo de trampas para hacerse de un lugar en la universidad nacional.
Lo advirtió Oscar Lewis desde 1961 en su estudio antropológico Los hijos de Sánchez, cuando escribió: “aún la capacidad mexicana para el sufrimiento tiene sus límites, y a menos que se encuentren medios para lograr una distribución más equitativa de la cada vez mayor riqueza nacional y se establezca una mayor igualdad de sacrificio durante el difícil periodo de industrialización, debemos esperar que, tarde o temprano, ocurrirán trastornos sociales”.
Hoy estamos viviendo un trastorno de apariencia crónica y, por lo tanto, normalizado: la trampa como única forma de supervivencia. Los llamados “recomendados” han copado todas las listas de solicitantes para entrar al jardín de niños, a la primaria, a la secundaria, al bachillerato, a la universidad, al hospital, a la televisión, a la empresa, a la Marina, al magisterio, al sindicato, al programa “Vivienda para el Bienestar”, al padrón de proveedores del Gobierno, a la Administración Pública, a la política… ¿Le sigo? Los programas sociales son “universales”, pero las oportunidades son excepcionales.
La riqueza nacional no se comparte contigo, a menos que formes parte de esta red de beneficiarios que chorrea arriba y gotea abajo, que privilegia el nepotismo y el compadrazgo por encima del mérito. ¿Cómo se combate este fraude en la vida real? Presentando un comprobante de domicilio falso, falseando un estudio socioeconómico… o, como hemos visto, con ayuda de la inteligencia artificial.
Gracias a Dios, yo hice el examen de la UNAM en tiempos del COVID-19. Gracias a que muchos aspirantes no se presentaron, estaré en mi graduación este fin de semana. No se justifica el engaño en ninguna de sus formas, pero el propio sistema en el que estamos sumergidos hasta lo más profundo obliga a los mexicanos a cometer múltiples actos de corrupción para sacar adelante a los suyos, volviendo cotidiana la práctica del dicho “de que lloren en mi casa a que lloren en la tuya…”. Tenemos instituciones que están intentando, en la medida de lo posible, garantizar concursos verdaderamente justos, pero también muchas otras que viven muy a gusto en la mentira y la injusticia, en la podredumbre, como la Suprema Corte.