Política

¿Oímos o escuchamos?

Todos los días, a todos horas oímos. Oímos el sonido de los motores de los autos y de las motocicletas, el trinar de los pájaros, el correr del viento, el caer de la lluvia, el murmullo de otros, el reír de los niños y el estruendo de una tormenta. Sin embargo, oír no escuchar. Lo último requiere profundizar en lo primero: degustarlo, internalizarlo, dejar que nos cale hondo para, luego, guardarlo o desecharlo.

Así, el embudo por el que se pasa del oír al escuchar es el silencio.

Este silencio es condición indispensable para escuchar, pero no basta solo con no mencionar palabra alguna ni emitir ruido perceptible, hace falta callar desde dentro, es decir, callar la mente y sus pensamientos, callar el corazón y sus sentimientos. Para escuchar hay que cederle paso a la palabra del otro lo que implica, además, un “quitarse uno de en medio”, no estorbar la verdad que nos viene al encuentro y que refleja algo más que el mero sonido gutural de un puñado de letras puestas juntas.

A menudo oímos sin escuchar porque estamos llenos de nuestras propias palabras, de nuestros propios pensamientos y porque nos hemos extraviado en el mar de nuestras emociones y naufragios, pues de nuestro remolino caemos presas del ruido incesante que no conduce sino a la locura. Cederle paso a lo que hay detrás de las palabras, más aún, detrás de los sonidos, eso es escuchar.

Los sonidos, como las palabras, albergan en sí, maravillosas verdades: el sonido del viento puede significar la necesidad de un cambio, el del llanto de una persona, la constatación del corazón humano en su esplendor de emociones, el ruido del agua, en el mar o en un riachuelo, puede detonar calma y serenidad, reflexión y pureza, pero el de una tempestad en curso, generar temor y angustia. Despertar la escucha atenta es ir más allá del simple ruido y pasar del sonido como onda vibratoria a este como revelación.

Para escuchar, por ende, también se necesita aflorar la sensibilidad y, por eso, no solo se escucha con los oídos, sino también con el cuerpo entero y con el corazón y, entonces, se hace posible lo impensable: escuchar aún cuando no hay palabras ni sonidos, esto es, sondear los secretos del alma propia o ajena a través de la escucha que penetra mediante la empatía y la sensibilidad.

Escuchar, por todo ello, es un acto voluntario, se tiene que decidir tomar la valiente decisión de escuchar para disponer de todo nuestro ser ante quien tenemos enfrente y ser capaces de desplazarnos del “yo” al “tú”, pues al momento de escuchar, es el otro quien cobra protagonismo y quien se devela ante nuestra atención como un ser inigualable. Lo mismo sucede cuando escuchamos fenómenos: son ellos quienes toman la palabra y se adueñan del discurso y se vuelven así, fuente inagotable del misterio de la vida que nos viene a visitar por unos instantes.

Disponernos a escuchar es vaciarnos de nosotros mismos para dejar aparecer al otro y a lo otro; tal vez, esa es la barrera más difícil de romper hoy en día. Nos empeñamos en tener la razón, en forzar nuestra aparición e imponer nuestra presencia. Presas del orgullo carecemos de la capacidad de escuchar cuando ésta tan solo depende de una decisión: la de permitir al otro entrar en toda su “otredad”.

Los muchos conflictos que dividen al mundo en nuestro tiempo de polo a polo, me atrevería a decir, son causados, en gran medida, por la poca disposición a desplazar nuestro ego y dejar que lo diferente cobre presencia en nuestra vida.

Dispongámonos a practicar soltar nuestras pretensiones para dejar aparecer el vacío que queda cuando nos quitamos de en medio entre la vida y lo que somos, solo vaciándonos de nosotros mismos descubriremos el paso que divide oír de escuchar. El vacío es el puente entre ambos: un espacio por habitar y no un precipicio que amenaza con destruir.


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Elizabeth de los Ríos Uriarte
  • Elizabeth de los Ríos Uriarte
  • Consultora en Bioética. Fundadora de SECOBIE
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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