Desde la dignidad humana hasta el cuidado de la Casa Común y, recientemente la preocupación por la tecnología en general y la inteligencia artificial en particular, los papas, a lo largo de la historia, han ido no sólo señalando problemáticas que pueden alterar valores universales sino proponiendo sendas reflexiones y cursos de acción posibles para encauzar la actividad libre en orden a la promoción de la vida de las personas y de las comunidades buscando la paz y la justicia como ejes vertebradores del actuar humano.
Sus enseñanzas han sido, no sólo faros de luz para los católicos sino para todos los hombres “de buena voluntad”, es decir, su alcance pretende ser amplio y sin miopías preferenciales por grupos “selectos”, lo que las vuelve el foco de atención mundial cuando publican una de ellas.
Algunas, o las más de las veces, polémicas, no están exentas de críticas y de posturas opuestas; sin embargo, aunque incómodas, atraen poderosamente la atención tanto de jóvenes como de adultos, tanto de hombres y mujeres de fe como de ateos.
Está por demás decir que cada una de ellas, al igual que cada papa en la historia, responde a los problemas sociales, culturales, económicos, políticos y religiosos de su tiempo. Cada uno, también, con un estilo propio y una mirada para discernir los signos de los tiempos que les han tocado.
Ante esto, no se puede esperar ni la misma respuesta ni el mismo tono en una encíclica de Pablo VI que en una de Benedicto XVI, tampoco así entre una de Francisco y otra de León XIV.
La fuerza de cada encíclica no radica pues en sí misma o en la forma en que se redacta, ni si quiera en el papa en turno, sino más bien, en una confianza sobrehumana que nos hace pensar que, detrás de los hombres sentados en la silla de Pedro, está innegablemente, el Espíritu Santo que inspira y da verdad a quienes buscan comunicarla y están llamados a generar respuestas activas y comprometidas con los problemas, tanto de fe como con los sociales porque, como afirmó Pablo VI en 1969, la “cuestión social ha cobrado dimensiones mundiales” y es inevitable pensar que la fe está ligada a la acción social (y que conviene que así sea).
Abriendo el camino de las respuestas proféticas de los diferentes papas, León XIII, predecesor del actual papa León XIV, escribió RerumNovarum con una honda preocupación por la dignidad y derechos de los trabajadores en un sistema capitalista y materialista.
Seguida de Mater et Magistra de Juan XXIII, que subraya la importancia de las relaciones entre las naciones, la solidaridad internacional y la interdependencia humana.
Pablo VI por su parte, en PopulorumProgressio enfatiza la necesidad de trascender la idea de un mero desarrollo económico a un desarrollo humano integral y solidario. Juan Pablo II en LaboremExercens regresa la reflexión a la centralidad de la persona humana en el trabajo bajo un esquema liberalista pero dirigido al bien común. Benedicto XVI, con un tono más sistémico y filosófico, en Caritas in Veritate, nos recuerda la necesidad de buscar la verdad pero fundados en la caridad entendida como gratuidad.
El papa Francisco, en LaudatoSí, nos regala una exhortación a cuidar la Casa Común y a elegir modos de vida mas sobrios que, a su vez, nos permitan una conversión ecológica integral, en donde se rescate la importancia de la relación en cuatro dimensiones: con uno mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios.
Finalmente, en los albores de un nuevo pontificado y a un año de su elección, el papa León XIV valientemente denuncia el abuso de la tecnología cuando se toma como absoluta y suplanta a la persona humana para colocar algoritmos en su lugar.
Así, surge Magnifica Humanitas que promete colocar en el centro de las discusiones un uso responsable y ético de la inteligencia artificial, que promueva un óptimo desarrollo humano y que sea respetuosa de su dignidad y del valor de la creación en sí misma.
Si hoy pensamos más en automatización de procesos y menos en promoción humana, es tiempo de calibrar la mirada frente al avance tecnológico y reconsiderar no sólo su funcionalidad sino su intención y su orientación.
Como mujeres y hombres de buena voluntad, toca leerla, releerla, pensarla, discutirla, saborearla, pero, sobre todo, dejarnos interpelar por ella, no porque sea la “nueva” encíclica de la que todos están hablando sino porque en este tiempo de algoritmos, salvaguardar lo que no lo es parece ser una de las cosas más sensatas.