Me he encontrado reflexionando mucho sobre como al quitarle a los actos el peso del mañana, encontramos una libertad casi absoluta.
Cuando apagamos la voz de las expectativas, vivimos realmente, actuamos sueltos, sin filtros, habitando el momento con una intensidad que casi asusta, como si todo nuestro tiempo se hubiera concentrado en el pequeño y urgente espacio del hoy.
De cierta forma al ofrecer una tregua con el reloj, la coraza se agrieta, sin la carga de tener que pensar en el devenir del mañana, nos permitimos simplemente observar, sentir y entregarnos al instante.
Pareciera ser que la belleza de esta pausa radica precisamente en su carencia de exigencias. Al suprimir la severidad de lo definitivo, solo nos queda algo que no tiene que justificarse a si mismo.
Es un estado tan evidente para cualquiera que lo haya presenciado desde una perspectiva ajena, que genera intriga que lo hayamos creado precisamente para que no perdure.
Y justo aquí es donde irrumpe la disyuntiva que ha ocupado mi mente: ¿Si esta manera de habitar el presente nos resulta tan nítida, tan exenta de fricciones e innegablemente plena,
¿Qué nos imposibilita trasladar esta forma de ser al tiempo futuro? Si lo que se vive cuando no hay expectativas funciona con una coherencia irrefutable, ¿qué hace que la idea de mantener esta autenticidad sea inviable?
La respuesta suele hallar su origen en el equipaje que arrastramos. Nuestras trayectorias, en su marcha inexorable, acumulan golpes, desencantos y fracturas.
Sin embargo, bajo una nueva luz, la interrogante sobre qué vuelve inviable el mantener esta autenticidad, tomó un sentido completamente distinto.
Aunque he encontrado el valor de claudicar mi afán de evasión y he decidido abandonar la cautela sistemática, quizá, por primera vez, la génesis de esta inviabilidad no radiqué en mi persona.
Y así, con la interrogante aun suspendida en el aire, solo queda atestiguar lo que el futuro devenga.