Nunca ha sido la forma; es el fondo. Y ahora, con un país sumergido y embelesado por un balón, todos los demás intentan salir a flote.
Para una madre que tiene un hijo desaparecido, el resultado de un partido da lo mismo. Ella tiene que levantarse, una vez más, a buscarlo en la tierra, a preguntar en la morgue, a cargar con su foto en lonas bajo el sol para no quedarse en el olvido.
Una mujer que teme por su vida pierde todos los días que no encuentra justicia. Llega a instituciones que deberían garantizar su protección y se topa con revictimización.
Y cuando el hartazgo los rebasa, toman las calles. Ahí sí molestan las vialidades cerradas, la basura, la iconoclasia, las quejas.
Todo eso indigna más a que haya tantos ausentes como hubo asistentes al concierto de Maná en La Minerva. Es más irritante que la indiferencia de las autoridades, y ahora más que nunca quieren el silencio de quienes se atreven a alzar la voz, porque hay visitas.
A nadie le molestaron las vialidades cerradas por horas, días incluso, para los preparativos de las fiestas mundialistas. Tampoco las toneladas de basura que quedaron después de la aglomeración. No hubo peticiones de empatía por todos los trabajadores que limpian los desmanes. Ni resultó inconveniente la suspensión de clases o el cierre de oficinas gubernamentales. Era el juego del Tricolor.
Nada es más importante.
Y entonces, ganen o pierdan, gritan, golpean, empujan, vandalizan con la justificación de la euforia y la pasión futbolera. Pero cuando los actos son motivados por el enojo, el hartazgo, la ira, la impotencia y la indignación, entonces apuntan sin reparo al causante.
En estos días históricos, la fiesta y la protesta compartieron espacios. Se encontraron entre la celebración y la indignación. Rodeados de las fichas de búsqueda, las lonas de denuncia, las banderas arcoiris y tricolores. Porque la ciudad no es de unos o de otros. Y cuando el fondo arde tanto en el pecho, las formas terminan por encender todo.