El futbol es social… y es política, aunque la FIFA quiera dejarla fuera de la jugada. De futbol y política se discute sin arbitraje ni reglas.
El sentido de pertenencia se fortalece con una bandera o un emblema. Nadie se escapa, ni el más antipatriota, de asomarse por el rabillo del ojo al marcador cuando está jugando la selección mexicana y soltar un grito de emoción cuando se anota el gol. Y ese nacionalismo se despierta con fuerza cuando se lleva a un escenario global como es el Mundial.
Las historias de éxito, fracaso, superación, festejos y enfrentamientos son parte de la formación y construcción de una idiosincrasia que se difunde y reproduce durante generaciones. Por eso Cabo Verde fue tan viral y vitoreado. Eran los outcast, a los que nadie esperaba, pero que se pusieron al tú por tú con las grandes potencias. El equipo fue el emblema perfecto de la falsedad de la meritocracia. Y eso también es política.
El Mundial es una exposición de fervor nacionalista, pero también de desigualdades mucho más marcadas que las faltas de los argentinos. Y este año se realizó en un contexto de conflictos bélicos y tragedias que no quedaron fuera de los reflectores a pesar de la espectacularidad en las canchas.
Desde los palcos elegantes en los estadios llenos de celebridades hasta los palestinos que vieron el partido de Egipto entre los escombros de bombardeos israelíes. Las manifestaciones por desaparecidos en México y los aficionados que usaban las lonas de búsqueda para cubrirse de la lluvia durante los festejos. Dos realidades opuestas que coexisten y prevalecen incluso cuando se acaba el cronómetro.
Al Mundial le quedan dos partidos, y una vez que se nombre al campeón el domingo, todos regresan a la rutina con la cruda de la victoria o la derrota. De cualquier forma, habría cumplido con su cometido: ser un catalizador para las masas y mantener vivo ese nacionalismo que une y, al mismo tiempo, divide… dependiendo de la agenda del poder. Eso es política.