Cinco personas muertas durante los festejos del Tricolor. Tres asfixiados y uno por paro cardiorrespiratorio en el Ángel de la Independencia en Ciudad de México; una más tras ser linchada por atropellar a 17 personas en el intento de escapar de aficionados que sacudían su automóvil en Cabo San Lucas. La fiesta sigue. Se limpia y listo. Nada es más importante que el invicto de México en el Mundial.
Cinco personas salieron con la misma emoción que cientos de miles por ondear banderas, cantar y gritar goles, pero ya no regresaron a casa. Cinco muertos por una turba desbordada en euforia y violencia. Cinco víctimas del descontrol de la muchedumbre. El rostro de los culpables quedan ocultos en la masividad.
La noticia impacta e indigna. Se dan las condolencias protocolarias en las ruedas de prensa de funcionarios y comunicados de organizaciones, después se sigue adelante.
Las autoridades hablan de refuerzos de seguridad como si eso fuera suficiente para controlar una movilización y permisividad nunca antes vista.
Las jornadas terminan con un saldo inexacto de las incidencias que quedan cubiertas en la horda zombificada por el virus nacionalista que se activa cada cuatro años.
¿Quién fue? Todos. ¿Quién paga? Nadie.
Cinco muertos parece nada entre los cientos de miles que se desbordan por las calles tras cada victoria de la Selección Mexicana. Quedan reducidos todavía más en un país donde la violencia está normalizada y los homicidios se cuentan por decenas día con día.
Las muertes son el final de una crónica anunciada. El portazo, las trifulcas esporádicas en medio de la multitud, el empujón inevitable que desató una campal, los lesionados tras ser aventados al aire contra su voluntad. Así se fue preparando el terreno para la tragedia, pero ¿quién quiere arruinar la fiesta con conciencia y responsabilidad?
Este domingo los jugadores regresan a la cancha y los aficionados a las calles. Y cuando todo termine, espero, que nadie falte por volver a casa.