El problema del agua no empezó ayer, ni hace dos semanas. Para algunos, tiene 20 años, para otros, toda la vida.
Miles viven rodeados de agua contaminada. Con el tiempo, aprendieron que llamar para reportar el problema es un esfuerzo inútil. El mal estado del líquido se convierte en una más de sus preocupaciones, un riesgo sanitario que, en cualquier momento, puede cobrar la factura. Se quedan ahí, porque no hay más a donde ir. A ellos se les cuenta en estadísticas e historias, pero nada más.
Hoy la crisis de la mala calidad del agua se extiende a más de 170 colonias de la Zona Metropolitana de Guadalajara. En una de cada diez, según datos del propio Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado, el líquido sale con color u olor. Las causas cambian según el día y el portavoz; las consecuencias, también; y las soluciones se quedan en la ambigüedad de lo que sea que signifique un “trabajo coordinado”.
El acceso al agua limpia está lejos de ser un derecho, es un privilegio… Pero ahora abrir la llave en un edificio de departamentos en la Americana, el barrio “más cool” del mundo, es igual que en Miravalle. Y eso es imperdonable. Porque no es lo mismo que se queje la señora Beatriz, que vive cerca del canal de Las Pintas; a que lo reporte Andrés que paga 40 mil pesos al mes en una torre de lujo. Entonces el problema, que durante décadas han denunciado vecinos de zonas populares sin soluciones, ya es de gravedad. Y aún así, la respuesta no es tan diferente.
En los comunicados dan explicaciones técnicas, cifras de inversiones y planes de obras hidráulicas que no responden a la urgencia social. En el Congreso, llegan funcionarios preparados para la ejecución pública, con argumentos tan claros como la turbiedad que se distribuye en la red hidráulica; y no hay legislador que desaproveche la corriente para jalar a su molino.
Y mientras, tanto los de arriba como los de abajo, quedan sumergidos en la suciedad y la pestilencia de la corrupción, la ineptitud, el nepotismo y las políticas que durante décadas llenaron este vaso de agua que seguimos cargando.