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Sábado , 23.03.2019 / 20:06 Hoy

Sin rodeos

El espionaje, su gravedad y el reclamo

Diego Fernández de Cevallos

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1. La información del New York Times, las denuncias de particulares, la contratación de equipos, lo señalado por una universidad y otros indicios permiten sostener preliminarmente:

A) Que el espionaje denunciado es un hecho cierto;

B) Que su autoría corresponde, probablemente, a una entidad gubernamental;

C) Que la Secretaría de Gobernación —cuyo titular no es un babalucas— sabe perfectamente quién espió y quiénes espían en México.

D) Que sería un error del gobierno apostar al olvido social. Si no hay sancionados, quiérase o no, quedará políticamente con cargo al Presidente.

2. Todo espionaje —sin orden judicial que lo justifique por causa grave— es acción de canallas y suele acarrear consecuencias preterintencionales, es decir, que también se descubren hechos no buscados por el espía.

Si todos tenemos vida pública, privada e íntima, al hurgar sobre la conducta del pasivo se irrumpe en los espacios privados e íntimos de él y de sus allegados, los que deben considerarse, en toda nación civilizada, ámbitos sagrados. Y cuando es hecho por particulares nadie los limita, y el material queda, perversamente, bajo su exclusivo control y uso.

3. El espionaje ilegal es delito, y será más grave si resulta imputable a la autoridad. No obstante, se trata de un deporte nacional en el que compiten entes oficiales y privados.

Ha llegado el momento de cuestionarnos, además, si es ético difundir la información producida criminalmente, y si al hacerlo la “legitimamos”, contribuyendo así a la degradación del tejido social.

4. Hay doble torpeza en algunos afectados y comentaristas. La primera, al distraerse demasiado con el error que en un discurso cometió el Presidente, y del que ahí mismo se retractó calificando su expresión de “inapropiada”. La segunda, afirmar que, con el espionaje, el gobierno trata de reprimir y amedrentar “a quienes le son incómodos”. Sobre la “represión” no hay pruebas; y alegar un intento de “amedrentamiento” resulta humillante para los presuntos espiados. Si por saberse investigado alguien desiste de su tarea es simplemente cobarde. Nadie, hasta hoy, se ha mostrado inhibido por la escandalosa noticia.

5. La indignación y el reclamo de los que se dicen —o fueron— afectados, y de la sociedad toda, deben circunscribirse a lo verdaderamente grave: un bribón, por sí o por instrucción de una autoridad abusiva, penetró —o pretendió hacerlo— sin razón ni derecho en la vida privada e íntima de seres humanos, independientemente de las actividades de éstos.

Esa es la cuestión, no importa si se trata de periodistas, activistas y políticos o, si usted gusta, Juan Camaney o el pinto de la paloma.

Esta materia no admite diferencias, matices ni privilegios.

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