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Buscar amaneceres en Culiacán II

SERIE DE BOSQUEJOS. “ALTAR PARA JAVIER VALDEZ” / CAPÍTULO II

Siempre iba vestido de mezclilla, camisas bordadas y portaba un morral. AFP
Siempre iba vestido de mezclilla, camisas bordadas y portaba un morral. AFP

Javier Valdez habla sobre su libro Los morros del narco en un evento de la Brigada de Lectura de Paco Ignacio Taibo II: “Entrevistar a niños, platicar con ellos, recoger esos testimonios fue muy espinoso, fue ubicarme en su nivel, es decir, empequeñecer en términos de estatura, pero engrandecer porque son grandes ellos. Porque ninguno de ellos, de estos hijos que vieron morir a sus padres que estaban con ellos en el vehículo, en el estacionamiento de su casa, o que esperan el regreso de sus padres, ninguno me planteó a mí la venganza. Ninguno, absolutamente. Todos ellos esperan que sus padres regresen. Y ese ejercicio de esperanza, ese testimonio diáfano, noble, honesto, optimista, tierno, amoroso, es lo que a mí me hizo crecer como reportero y también como ser humano...”.

Llevo años documentando la trayectoria de Javier. Intento hacer un documental sobre su labor periodística, una memoria de su vida, un altar para el colega y amigo. El video que consiguió el guionista Diego Moreno se detiene unos segundos. Quedamos en negros. Luego Javier vuelve a hablar con ese tono lírico y sentido de su palabra: “Estamos hablando de hombres, de niños, de mujeres que lloran a solas, que lloran a oscuras, que lloran bajo las cobijas en sus recámaras. Y yo cuento ese llanto sin lágrimas, yo cuento ese dolor, esa ausencia. Porque no creo en el discurso gubernamental de no ver a los desaparecidos, o de verlos como números. De no ver a los ejecutados, sino verlos como número. Ahí hay una vida”.

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Luis Hernández Navarro, periodista comprometido y analista brillante, entrevista a Javier en su programa de Telesur. “Yo digo que nosotros estamos pisando en mayor o menor medida, con más o menos riesgos o peligrosidad, un suelo lleno de cuchillos filosos, de muchos filos. Un suelo pantanoso, arenas movedizas. Te mueves y te hundes. En el caso de Sinaloa tenemos la fortuna, entre comillas, la dulce amargura, la dulce amenaza de tener un solo cártel: hay más orden, tienen el monopolio del crimen. Entonces, quiero pensar que también el cártel de Sinaloa, en Sinaloa —es muy diferente el cártel de Sinaloa en otras regiones—, ha aprendido con el periodismo crítico que ha realizado Ríodoce, se han dado cuenta de alguna manera que nosotros no estamos a favor del Ejército o en contra del Chapo o del Mayo. Hemos golpeado a unos u otros cuando así lo indica la información con la que nosotros trabajamos”.

Javier hace una breve pausa. Traga saliva. Continúa.

“Pero siempre hay una línea que no ves, una línea invisible que no debes cruzar. Hay una amenaza que está ahí latente”.

 

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A mí me espantó cuando empecé a escarbar el narco. Cuando empecé a ver los cadáveres colgando de los puentes: yo escribía crónicas del narco, pero eran crónicas hasta chuscas, historias incluso de amor. Lo sigo haciendo. Pero luego me rebasó esa etapa después de la fractura de 2008 del cártel de Sinaloa. Esa etapa de los cadáveres cercenados, del cadáver como lienzo. Aunque no tenga letras, el cadáver es un lienzo. Es una expresión, un mensaje.

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15 de mayo de 2017. VO de periodista de programa Democracy Now: “Un destacado periodista y escritor mexicano, Javier Valdez Cárdenas, fue asesinado a balazos en la ciudad de Culiacán, en el estado de Sinaloa. Recibió varios premios internacionales por sus libros sobre el narcotráfico y el crimen organizado en el país”.

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El guionista Diego Moreno pregunta en el siguiente acto: ¿Quién fue Javier?, ¿quién fue aquel hombre que, como antes vimos, tuvo la valentía de escribir sobre el narcotráfico y con ello arriesgar su vida?, ¿cómo se forma un hombre con esa pasión por develar una verdad, la suya?

A través de los testimonios que se recaban, ¿podemos encontrar una luz que nos guíe en el misterio de esa energía que nació en Javier, su constancia, su insistencia por la verdad, y que hace del periodismo un ejercicio fundamental?

El acto dos nos revela también el Javier Valdez divertido, el de todos los días: el de la infancia, el esposo, el amigo. Traza un recorrido que nos ilustra su formación intelectual también: desde la infancia, cuando ayudaba a su padre como cartero, hasta su paso por la televisión y decisión de fundar el semanario Ríodoce. Eso dará pie a un siguiente acto, que dará forma a esa decisión por ser periodista en Culiacán.

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Su amiga Clarisa Guevara me dice en entrevista: “Su papá trabajaba en correos y los sábados él hacía labores de cartero en la zona donde yo vivía, la casa de mis papás. Bueno, era otra época. El trato con los carteros entonces era más personalizado y, en el caso específico de Javier, supongo yo que por la confianza de ya conocer a mi hermana, él invariablemente, hubiera cartas para mi casa o no, llegaba a mi casa, tocaba la puerta y decía: ‘¿Me regalas un vaso de agua?’. Siempre hablábamos con Javier”.

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Javier Valdez estudió sociología: resulta curioso encontrar, en su biblioteca personal que antes estaba en la, por desgracia, extinta Casa Refugio, viejas ediciones de libros de Trotsky o Gramsci.

Vladímir Ramírez fue un amigo muy cercano de Javier Valdez. Se conocieron jóvenes, en la facultad de sociología. En una entrevista en Noroeste cuenta: “Javier no tenía ningún problema para establecer plática con cualquier persona. Él podía incluso intervenir en una charla en la que él no tuviera nada que ver, y sin ningún problema era aceptado”.

“Lo recuerdo muy bien porque siempre andaba vestido de mezclilla, camisas bordadas, folclóricas, traía un morral de piel, lo recuerdo. Traía el pelo largo, lacio, caído, con barba.

Era un joven rebelde que tú lo veías y decías —este joven es activista, líder estudiantil, de izquierda desde luego—... Traía huaraches, pulseritas tejidas, de mezclilla siempre. Eso era Javier, el que decía la broma, el que nos hacía reír. Nos ponía en buen ambiente”.

“‘Yo me voy más temprano porque lo que quiero es estar solo, cabrón’, decía Javier. Él tenía ese problema. Ya que empezó a ser conocido, tenía la bronca de que no podía estar solo. Mucha gente se acercaba, lo saludaba. Luchó contra eso”.

 

(CONTINUARÁ…)



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Diego Enrique Osorno
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